Apasionado por la corriente orientalista, Yves Saint-Laurent soñaba
con un perfume que rememorara amores lascivos de la época romántica.
Ambicioso, el reto lanzado por YSL era "el de imaginar un perfume
oriental capaz de competir con Shalimar" y de conseguir hacer de él
un símbolo de transgresión.
Ganó la apuesta: los accionistas americanos quedaron escandalizados
por un nombre que evocaba el universo de los paraísos artificiales.
Pero YSL permaneció impasible a las críticas: quería
un "perfume que creara dependencia" dispuesto a hechizar a las
mujeres. Opium sigue siendo uno de los diez perfumes más vendidos
desde su creación en 1977.