

Yves Saint-Laurent soñaba con un envase sensual y romántico.
Tras múltiples y costosas modificaciones, se consiguió obtener
el frasco lacado rojo. Esta presentación sedujo también
a las mujeres, porque tenían la impresión de poseer un envase
original, que rompía con todos los cánones de la estética
aplicados a la perfumería.

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