Ya el agua se despliega por tu cuerpo con sus redes de espuma y su tenue perfume, que es el perfume de tu piel desnuda, de tu piel que revive con el agua más acá de este día. Desde el vano, a la confusa luz del despertar (porque al sueño le cuesta irse a dormir), te veo enjabonarte muy despacio, con morosidad casi, serena en el detalle y la inspección. Has detenido el tiempo al ignorarlo, y sólo yo lo advierto, parado en el umbral que te destaca. Contemplo el agua algodonosa fluir sin pausa por tus muslos: dos regueros que llegan al esmalte y forman un arroyo improvisado. Van también, con el agua, algún cabello, las íntimas heridas de la piel y sus fríos rescoldos. Se van, como el agua, a ningún sitio, sin duda reprochando mi insolencia, mi pie junto a la puerta y este silencio fijo, que te acoge. Amanece, y es tu cuerpo también el que amanece bajo el agua lustral de la complicidad. No sabías que estoy, y ahora lo sabes, y te gusta saberlo. En mis ojos sorprendes un refugio, la imagen de un deseo que te afirma (porque el sí que no enlaza no es un sí), y nada falta en ella, como en la vida.
No para el que humedece los ojos todavía... Ni para el que hace ya sonreír con un poco de emoción...
Canto para el amor sin llanto y sin risa; el que no tiene una rosa seca ni unas cartas atadas con una cinta.
Sería algún amor de niño acaso...
Una plaza gris... Una nube... No sé...
Para el amor más olvidado cantaré.
Cantaré una canción sin llamar, sin llorar, sin saber... El nombre que no se recuerda pudo tener dulzura:
Canción sin nombres quiero cantarte mientras la noche dura...
Cantar para el amor que ya no evocan las flores con su olor ni algún vals familiar... Para el que no se esconde entre cada crepúsculo, ni atisba ni persigue ni vuelve nunca más...
Para el amor más olvidado -el más dulce...-, el que no estoy segura de haber amado.