Descripción: La vida de una adolescente de 16 años vista desde su perspectiva, con sus fantasías, sueños y decepciones. ¿Quieres volver a la adolescencia profunda...?
No sé exactamente qué ha pasado todavía. Era una tarde perfecta: un 10 en alemán, mis amigos todos juntos, mi chico vino de improviso...
Pero todo se torció. Dejadme que os lo explique...
Estábamos todos juntos riendo y haciendo bromas, cuando una de mis amigas echó en falta su móvil.
Quien fuera que lo tuviese, nos empezó a llamar, pero no contestaba.
Entonces, una amiga mía se fue (yo creí que enfadada o triste) y mi chico y yo fuimos a hablar con ella. Cuando volvimos, todo se había desatado...
Unos chicos discutían con los demás. Al parecer tenían el móvil de nuestra amiga, pero no nos lo querían dar. Tenían ganas de pelearse. Mi amiga se echó a llorar, y yo me senté con ella a consolarla. Entonces, llegaron esos chicos y empezaron a reirse y a meterme mano a mí.
Entonces, mi novio me apartó, se le veía en la cara las ganas de hacer una masacre, pero yo le pedí que lo dejara estar.
Acto seguido, empezaron a meterse con él: le dijeron que me iban a violar a mí delante de él, empezaron a empujarle y a tocarme por todas partes.
Él volvió a apartarme, a decir que no quería problemas... y se le echaron encima. Comenzaron a pegarle, a empujarle, a estirarle del pelo. Él solamente los apartaba, yo me ponía en medio de todos, intentando impedir que no le hicieran daño.
Empezaron a empujar y a hacerle daño a los demás. Él me intentó llevar lejos, pero venían detras de nosotros. Y entonces, yo me empecé a ahogar. Soy una persona muy propensa a la ansiedad, y esto me sobrepasó. Al ver eso, aquellos gitanos dejaron en paz a mi chico, y él y un amigo nuestro (mi querido celestino) me llevaron a la casa de nuestro amigo, que vivía a escasos pasos de donde estábamos.
Cuando llegamos al piso me asomé a la ventana, y empecé a gritar... Ví como le pegaban a un amigo nuestro, ví cómo le pegaban entre cinco o seis niñatos y cómo sangraba, mientras otro de los nuestros y la chica del móvil se intentaban defender. Al cabo de un rato, subieron todos al piso, mientras los gitanos aquellos nos esperaban abajo.
Llamamos a la policía, vinieron en seguida, pusimos una denuncia.
Entonces, vino mi mejor amiga (la llamé llorando y se lo expliqué, porque ella se fue antes), recibí mil llamadas al móvil: todos estaba preocupados e iban para allá.
Todos estamos bien: mi chico está bastante mejor y a mi amigo, (al que le pegaron entre varios) no le han hecho más que un poco de sangre en la nariz. Yo también estoy mejor de la ansiedad.
Pero ojalá hubiera alguna manera de vengarme y hacerles sentir a ellos lo que he sentido yo cuando le hacían daño...
P.D: No puedo pasarme por vuestros blogs, lo siento, no tengo el ánimo suficiente...
Prometí contaros cosas alegres, y eso voy a hacer. Esto no es alegre, es frustrante y decepcionante, pero no puedo evitar reirme a carcajadas.
Anoche, estaba yo en casa y mi chico vino a hacerme compañia. Solamente nos besamos, yo me coloque encima, luego el se echó sobre mí... Pero se le levantó (la tenía como el cuello de un cantaor de flamenco xD), y estaba mi madre en el salón así que no pudimos hacer nada. Hoy fui a casa de mi chico. estaba solo. Yo me arregle bien, e intenté ponerme todo lo sexy posible, porque sabía que podría pasar algo después de lo de ayer. Estabamos en su habitación. Empezamos a tontear, a besarnos, y yo noté como se iba poniendo "contentillo". Después de estar un rato tonteando, él se quitó el jersey, y bajó la persiana porque la vecina de enfrente estaba asomandose mucho a la ventana xD. Entonces yo el pedí que cerrara la puerta y apagara la luz. Volvió a la cama, y empezo a quitarse la camiseta y los pantalones, luego yo me quité mi vestido...
¡Era todo tan perfecto! Él fue a por "gomas", pero justo cuando se la fue a poner... ¡plaf! ¡Abajo todo!
Por más que lo intentamos, cada vez que se le subía se le bajaba, se le salía el condón, o no encontraba por dónde meterla. Sí, un montón de problemas e inconvenientes. Entonces, llegó a penetrarme, pero a los 10 segundos se le bajó, y ya no volvió a levantarse.
El pobrecillo estaba tan frustrado y tan triste... Yo le intenté tranquilizar, y le dije que la primera vez pasa, que es lo normal, que eran nervios.
Yo me estaba aguantando la risa, me parecía como una escena cómica de una peli. Creo que ni siquiera ha sido mi primera vez, ha sido un simple intento (llamar a esos 10 segundos "primera vez" sería decepcionante y frustrante...). Tampoco me rompió el himen, así que sigo siendo virgen, y él también.
Yo he leído que al 85% de los hombres les pasa en su primera vez, porque están nerviosos, porque tienen miedo de hacerle daño a la chica (si es virgen, claro), de no estar a la altura, y de no hacer disfrutar a su pareja. Bueno, os pido vuestras opiniones y consejos (si os queréis, reír también vale xD).
Hoy he vuelto a escribir. ¿Por qué? No lo tengo claro. Supongo que necesitaba mi tiempo para tomarme las cosas con calma y reparar mis ánimos. Lo primero que quiero hacer antes de continuar es agradeceros a todos los que os habéis preocupado por mi vuestro apoyo y comprensión, y a los que de aguna manera, se hayan sentido apenados por todo esto. Muchas gracias, de corazón.
Los psicólogos dicen que el duelo psicológico dura, al menos, un año. Yo, que todavía no puedo recordar esa noche sin llorar (y eso que han pasado casi tres meses), empiezo a asimilarlo y a ser feliz. Quise que se parara el mundo, que no corrieran más los segundos, que todos pudieran sentir el dolor que yo sentía. Suena absurdo, pero esa noche fue así. Pero a los pocos días, empecé a reir y a vivir de nuevo, aunque a veces me sentía un poco mal por eso.
A veces, bajo al jardín, y voy acariciando la tierra donde está, o las flores que hay sobre él, le hablo de cómo me siento (increíble, le hablo a un puñado de plantas, pero cierto) y me invade una tranquilidad asombrosa. Lloro un poco cuando estoy ahí, pero ya no es con la misma angustia y dolor que antes.
Poco a poco, mis amigos y mi chico me han ido ayudando a ver las cosas de otra manera. Entiendo que hay cosas inevitables en esta vida, que me voy a tener que separar de mil personas en toda mi existencia, y que, aunque duela, debo llorar y sentirme mal, pero finalmente tengo que recuperarme. Y sobretodo, que la tristeza no borra el cariño, ni el amor, ni los buenos momentos vividos. Todos esos sentimientos no se borrarán. Jamás.
Cambiando a temas más alegres... bueno, realmente no hay un tema más alegre. Tan sólo que mi vida vuelve a ir como debe...
Prometo que iré escribiendo regularmente y pondré cosas más felices (espero que todo me vaya lo suficientemente bien como para ello).
Esta mañana el dolor seguía latente. Caminé varios kilómetros hasta un vivero, para comprar flores que adornaran su tumba. Elegí, entre otras cosas, un cerezo de flores rosas, para que le diera sombra, y unas plantas de menta que coloqué justo encima de su tumba, ya que de pequeño se comió un enorme arriate de ellas que tenía plantado. Lo planté todo en silencio, llorando. Sentía que debía dejar todo bonito para él.
Sigo sin creérmelo, pensando que no es real, que en cualquier momento bajaré y volverá a correr detrás de mí, a mordisquearme los tobillos o a hacer monerías para que le abrace y le llene de besos. Todavía me quedo en silencio, esperando oir los ruidos que venían del garaje, y cuando tengo que bajar, me quedo quieta, esperando oir sus pasitos rápidos y notar como corre entre mis pies.
Pero no. Ya no volverá jamás. Me siento perdida, estoy como en otra parte. No puedo dejar de llorar, ni siquiera escribiendo esto. El dolor y el llanto han invadido mi alma y no se irán facilmente.
Me ha dejado sola finalmente, después de cuatro maravillosos años. Me queda el consuelo de que le hice muy feliz mientras vivió, de que hice todo lo que pude por salvarlo y porque sus últimas horas fueran un poco más felices abrazado a mí, y de que al fin sé que me quería. Me quería tanto como yo le quería a él. Mi pequeño Pelusita, mi pequeño conejito, te voy a echar mucho de menos... Hasta siempre, Pelusa...
Ayer fue el día mas duro de toda mi vida. Mi pequeño Pelusita, después de haberme acompañado estos últimos 4 años de mi vida se fue. Se fue para no volver jamás.
Mi madre me llamó por telefono llorando. Decía que estaba muy enfermo, que le pasaba algo. Yo salí corriendo, no quería pensar que era para tanto. Pero lo era...
Estaba tumbado cuando llegué; respiraba, pero no se podía mover. Le hablé... e inmediatamente abrió los ojos e intentó girarse para mirarme. Hice de todo para intentar salvarlo. Lo cogí en brazos y estuve acariciándolo durante horas, no lo dejé solo ni un momento. Y después de pasadas las 12 de la noche, la madrugada del sábado al domingo, dió tres espasmos, muy rápidos. En el último dió un chillido... Y ya se quedó quieto...
Me puse a gritar, a llorar, me ahogaba, necesitaba hablar con alguien que entendiera mi dolor, que supiera lo mucho que significaba para mí, pero nadie me comprendió...
Llamé a mi novio llorando. Sabía que estaba de fiesta. Podía escuchar la música de fondo. Aunque no tiene mucho sentido, me dolió que él se estuviera diviertiendo mientras yo sufría. Sus intentos por animarme eran fríos, como si no supiera de qué le hablaba y le pareciera una estúpida. Sentí como el gesto de mi cara cambiaba, le contesté friamente y le dije que hablaríamos mañana. Ni siquiera me llamó hoy, tan sólo me preguntó un poco por el messenger...
Pasado el rato, con mi pequeño todavía en brazos, bajé al garaje, donde él habitaba. No lloré al ver todas sus cosas, pero sí me invadió una tremenda sensación de vacío. Y en silencio, lo recogí todo. A Pelusa lo dejé en su pequeña cabaña, bien tapadito con sus sábanas. Lo tiré todo, excepto una correita rosa que usaba para llevarlo a pasear cuando era chiquitín. Lo arropé en una sábana limpia, le acaricié su suave pelo mientras pensaba que ya nunca le volvería a acariciar, ni a ver sus preciosos ojitos; y salí al jardín. Y le hablé. Le hablé de lo mucho que lo quería, de lo mucho que significaba para mí y de lo especial que había sido en mi vida.
Llamé a mi padre y le pedí que viniera a casa y que hiciera un hoyo para enterrarlo. Y entonces me asaltó la realidad y fui empezando a ser consciente de lo que estaba pasando...
Allí estaba yo, a las 2 de la mañana, sujetando con fuerza a mi pequeño. Su cuerpecito sin vida se me hacía pesado. Empecé a llorar y seguí hablándole, recordando nuestros momentos juntos, el día en el que llegó a casa... Todo se había esfumado.
La tumba ya estaba excavada: elegí un rincón de mi jardín en el que hay un arbolito que planté cuando tenía 7 años, y en el que a pelusa le gustaba tumbarse al sol cuando era pequeño. Le dí un beso en la cabeza, le susurré "te quiero, Pelusa", lo arropé un poquito más, y lo metí dentro. Le dije "adiós, Pelusita..." y me fui mientras le echaban tierra por encima.