En Sicilia, cerca del Etna, estaba el lago de Pergusa, de gran extensión y profundas aguas. Los cisnes llenaban el lago con su bullicio. A su alrededor, frondosos árboles, proporcionaban una fresca y agradable sombra. Allí la primavera era eterna pues miles de flores cubrían siempre la tierra. En este lugar estaba Prosérpina cuando la vió Plutón, dios de los infiernos subterráneos y se enamoró de ella. No dudó en raptarla y se la llevó a su tenebroso reino. Prosérpina, llena de espanto, llamó a su madre pero de nada sirvió. Ceres, que había escuchado los desgarradores gritos de su hija, se lanzó en su busca. Recorrió todos los lugares de la superficie de la tierra y del mar pero no la halló. Fatigada, se sentó sobre una roca y rompió en llanto. Tan grandes eran sus sollozos que se la podía escuchar desde cualquier lugar del mundo. En su desesperación maldijo a la Tierra que hasta entonces había cuidado con tanto interés. Desde aquel día Ceres se despreocupó de sus cuidados y la tierra se vio condenada a la esterilidad. Aretusa, una ninfa que fue testigo del rapto se apiadó de Ceres y le dijo que no buscase a su hija en la Tierra, pues Plutón se la había llevado a sus dominios y conveido en su esposa. Sorprendida por estas palabras, Ceres corrió hasta el Olimpo y cuando llegó junto a Júpiter, le imploró, bañada en lágrimas que hiciera todo lo posible por devolverle a su hija. Júpiter que no quería indisponerse con Plutón ni tampoco dejar de ayudar a Ceres concedió lo siguiente: durante seis meses Prosérpina viviría con su madre en la tierra y los otros seis meses con su marido en los infiernos. Tal decisión confortó a Ceres que, volviendo a sonreir, produjo el renacer de la naturaleza y volvió la fertilidad a la tierra. Desde entonces, cuando Prosérpina vive con su marido en el mundo subterráneo la tierra se cubre de hielo, dolor y tristeza; los árboles pierden sus hojas y se marchitan las flores; las simientes enterradas en la profunda tierra esperan el momento en que Prosérpina vuelva con su madre, y con ella la alegría y los frutos que alimentan a los seres que pueblan la tierra.
Cuando pienso en mi infancia el primer recuerdo que acude a mi mente es el de un patio extremeño llenito de flores, de un huerto con higueras, de un barrio tranquilo, de interminables días de verano empleados en jugar al pilla-pilla o al escondite bajo la atenta mirada de mi abuela. Tambien recuerdo tardes lluviosas, más tranquilas, más calmadas dedicadas a dibujar, hacer deberes o ayudar a mi madre a hornear deliciosos pasteles.
Escribir. Encontrar magia (y si no puede ser crearla). Vivir aventuras. Gritar a la luna (que me ha robado la ilusión). Pelearme con alguien importante para mí, hacer las paces y descubrir que hay cosas que teniamos que habernos dicho hace mucho tiempo. Robar sonrisas (si es necesario hacer trampas las haré). Cancelar mi cita con la muerte (otro día tal vez ¿eh?).