Nacido en el seno de una importante familia portuguesa de productores de
vino, Manuel Louzada ha sido enólogo jefe de Terrazas de Los Andes. Sus últimos 8 años los ha pasado en Mendoza, Argentina. Ahora emprende una nueva aventura al frente de Toro, en Numancia, un histórico pueblo donde las vides, recientemente adquiridas por Moët Chandon, poseen un prestigio de más de cien años de producción.
¿Cómo decidió introducirse en el universo del vino? Yo represento la cuarta generación de una familia que tiene viñedo en Portugal. Cuando tenía 5 años, mi abuelo, que siempre quiso que fuese enólogo, me hizo probar un poco de champán. Desde ese momento, el vino empezó a formar parte de mi cultura, de mi esencia. Nació una pasión por el vino. Me cautivó el olor de uva recién cosechada. Me di cuenta que transformar la fruta en vino después de un año de trabajo en el viñedo, era algo fascinante.
¿En qué se basa su filosofía como enólogo? Antes de nada hay que tener un profundo respeto por el fruto que me da la viña. Cuando trabajas con un viñedo de más de cien años, te genera un respeto, con los desafíos que supone año tras año, porque las condiciones no son siempre las mismas. Mi trabajo es un ejercicio creativo maravilloso. E intentar traducir toda esa calidad, esa expresión en una permanente búsqueda de la excelencia, de elaborar el mejor vino.