 © Olaf Heine
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Cuéntanos la aventura de este álbum. Te fuiste a Ibiza, solo, un poco a lo Robinson Crusöe…
No es muy complicado. Cuando publiqué mi primer álbum, estuve dos años y medio de gira. Fue más bien agotador. Además, tenía que lidiar con la prensa, que era omnipresente. Me fui a Ibiza. Primero, me fui en pleno verano y salí mucho. Salía de noche y por las mañanas me quedaba despierto y escribía. Volví en invierno y ya no había nadie. Tenía una casa en las afueras, y tuve el tiempo suficiente para descansar y asimilar todo lo que me había ocurrido, de volver a mi persona.
¿Qué ha sucedido en estos tres últimos años?
Pues… saqué un disco que, como ya sabéis, ¡se ha vendido bastante bien! Al principio, no sabía qué dimensión alcanzaría el asunto. Y de golpe y porrazo, salgo a la luz, con todas las consecuencias que ello puede tener. Empezamos a hacer música sin pensar en lo que se nos venía encima, principalmente la atención de los medios de comunicación. Tiene cosas buenas y, otras, no tan buenas. Todo sucede extremadamente rápido y en un periodo de tiempo muy breve. Estos tres años han sido muy enriquecedores y me han aportado mucho material para escribir.
La fama te vino de repente. ¿Cómo llevas el que te reconozcan por todas partes? Es más bien una suerte, o ¿a veces echas de menos el anonimato?
Es muy interesante. Vivimos en una sociedad en la que la fama se mide según el dinero que gana uno o según el grado de popularidad. Si es la manera en la que uno busca satisfacción en la vida, se tienen muchas posibilidades de ¡no encontrarla nunca! Yo creo que la gente que se convierte famosa tendría que ser por haber realizado cosas importantes, como los médicos, por ejemplo, que salvan vidas. Hacen cosas que tienen sentido. Así que, sí, yo he querido escribir sobre este cambio en la percepción de la realidad: he leído muchas cosas en las revistas a propósito de un chico. Se llama James Blunt, es conocido, pero no he reconocido muchas cosas de esta persona.