La succión provoca la secreción de endorfinas, la hormona del bienestar. Por este motivo, a parte de la sensación de saciedad, los bebés se duermen más fácilmente después de la toma.
La succión también permite que el niño se sienta seguro. Porque la toma es un momento de intimidad privilegiado con la madre. Eso explica que un niño que llora se calme más deprisa con la toma, ya sea el pecho, un biberón, el dedo… ¡o el chupete!
De hecho, esta necesidad de succión está tan anclada en nuestro cerebro, que incluso cuando somos adultos, tenemos necesidad de ello, bajo otras formas, en caso de estrés. Por ejemplo, uno de los primeros gestos para ayudar a una persona en situación difícil consiste en darle de beber (tras un accidente, por ejemplo).