El hecho de que los hermanos se peleen esconde una razón sencilla: no es por un trozo de chocolate, si no por el amor de los padres.
De hecho, desde que nace otro hermano o hermana, desde que el equilibro entre madre e hijo se rompe por la llegada del otro, es el amor absoluto de los padres (sobre todo el de la madre) lo que el niño quiere reconquistar, y eliminar “al otro”, “al intruso”, es decir, al hermano o hermana. Estos celos fundamentales e inevitables pueden ser incluso indispensables y se revelan en las disputas, en ocasiones, de manera violenta.