 |
A base de pasar una media de 220 días al año en el trabajo, es lógico considerar el trabajo como una de tus prioridades existenciales.
Dimensión afectiva
Para algunos, la oficina se convierte en una sucursal de su casa. Se llevan fotos, plantas, ropa para cambiarse, la taza de la suerte, té, una lista de reproducción con la música preferida… Los compañeros de trabajo se convierten en amigos, y no dudan en alargar la jornada e irse a tomar una cerveza después del trabajo. Normal, tienen tantas cosas en común: el mismo jefe, la misma pesadilla, las mismas reivindicaciones, el mismo estrés, trabajos colectivos, horarios imposibles, fechas y plazos a los que atenerse… En resumen, que se entienden bien y que no es necesario sacar el álbum de familia cada vez que alguien cuenta una anécdota.
Ser socios y… entenderse
Por tanto, es todavía más valido para un hombre y una mujer que establecen una relación íntima. Al trabajar en la misma empresa, multiplican los puntos en común y alejan así el riesgo de desacuerdo. Cada uno entiende mejor las obligaciones profesionales del otro y las respeta. Mejor aún, se anima el uno al otro. No dudan en quedarse hasta la madrugada, encerrados en el despacho, para terminar la presentación de un proyecto, para perfeccionar un proyecto para buscarle la solución a un problema. De esta manera se convierten en socios tanto en el trabajo con en casa.