Mirarse en un espejo y presumir está más bien visto como un signo de vanidad en esos horages. Más vale no esperar pequeños halagos o palabras tiernas sobre la imagen. Habrá que buscar la aprobación de la apariencia física fuera del entorno familiar.
La familia obsesionada por la apariencia A menudo la madre, obsesionada por su línea y no muy a gusto consigo misma, no dudará en tratar su hija de “bolita” y de recordar a su hijo que “nunca gustará a las chicas con sus orejas de soplillo”. Es lo que los psicólogos llaman el “suplicio de la gota de agua”: se desvaloriza continuamente al hijo, que aguanta sin decir nada y que se deja destruir poco a poco. A los veinte años los resultados serán desastrosos para la confianza en sí mismo.
La familia piropos
Existen hogares en los que las madres se pasan el día diciendo: «¡que guapo eres, mi niño!” y donde los padres llaman a sus niñas “mi princesa”. Está claro que esos niños avanzarán en la vida con una imagen mucho más positiva de ellos mismos que los que no han sido muy queridos en su propia casa. ¡Aunque corren el riesgo de convertirse en unos creidos!
Diminutivos con grandes consecuencias
Sin olvidar los diminutivos que se dan sin querer hacer daño y que a la larga pueden provocar graves consecuencias. El hecho que la familia llame a un niño “bolita” o “enano” no es lo más adecuado para su desarrollo personal.