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9 bibliotecas para no dejar de creer en el papel

Redacción Joyce
por Redacción Joyce Publicado en 17 de noviembre de 2015
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Patrimonios de la humanidad en vías de extinción. Amazon, la lectura online, el libro electrónico, las consultas de Google… Todo se conjura contra estos templos del conocimiento universal. El saber sí ocupa lugar. Breve paseo por algunas de las más bellas bibliotecas del mundo.

Hace más de cinco mil años los primeros escribas descubrieron un poder oculto en el cerebro humano: la capacidad de transmitir el lenguaje por los ojos. La materialización de esa proeza se fue convirtiendo en bienes tan preciados que hubo que crear un lugar físico donde guardar todo el conocimiento escrito. Habían nacido las bibliotecas, que han brotado desde entonces en todas las civilizaciones hasta instalarse también en nuestros espacios privados. Hoy, en medio de un panorama intelectual desalentador, el reino de los libros amenaza con desaparecer. Otros soportes de cultura más inmediatos, accesibles, visuales y ociosos han tomado la delantera, y con ello la lectura y su espacio específico se han visto salpicados por connotaciones como ‘antiguo’ y ‘aburrido’.

La televisión salta a los ojos de la gente, los videojuegos estimulan nuevas partes del cerebro, Internet da respuesta inmediata a cualquier duda imaginable. El libro permanece como una cultura pasiva esperando ser leída, descifrada, aprendida. Acceder a su contenido requiere de silencio, de un estado de ánimo concreto, y sólo un porcentaje limitado de la sociedad está dispuesto a pasar por ese trámite. Por eso hoy el libro regresa a las élites. Afortunadamente en todo el mundo sobreviven rincones como los que les mostramos.

Bibliotecas convertidas en símbolo del conocimiento, de la lectura, de la historia de la humanidad, del funcionamiento neuronal de nuestro aprendizaje. La forma redondeada de su arquitectura, sus cúpulas, sus columnas, la proximidad de un libro con otro, sus conexiones, el roce de las páginas, las ideas, las voces y los razonamientos, las hace asemejarse, a cada una, a un cerebro. Un cerebro social, universal; cada biblioteca como la mente inextinguible de un hombre sabio. Ejemplos como la Abadía de Admont en Austria, fundada en 1074 y uno de los centros culturales y espirituales de la Edad Media; la biblioteca de Codrington, todo un símbolo del College de Oxford creado por Enrique VI en 1438; la biblioteca rococó de la Universidad de Coimbra, erigida en el siglo XVIII por el rey Juan V de Portugal; la biblioteca del Trinity College de Dublín, con casi 200.000 libros antiguos... e incluso la mansión ‘Hearst Castle’ del mítico Ciudadano Kane, diseñada por la arquitecta Julia Morgan a principios del siglo XX… tienen hoy el desafío de competir, léanlo bien, con una simple tablet. Eso sí, dotada de la mente de Funes el Memorioso. Mi pasión particular por la lectura viene no sólo de su capacidad para abolir el tiempo y ayudarme a atravesar distintas épocas, sino también del don que el papel tiene de hacerme sentir más humano. La tecnología y su ADN aséptico nunca lograrán sustituirlo. El objeto en sí mismo es igualmente irremplazable, ya que mi nexo con cada título está marcado por las circunstancias biográficas de cuando lo leí, y eso me obliga a guardarlo como testigo de mi pasado y esperanza de mi futuro. Cada libro llegó a mi biblioteca por casualidad, curiosidad sistemática y hasta deseos surgidos en conversaciones y lecturas. A mí me sucede que al visitar a un conocido sus estantes suelen darme una idea aproximada de lo que ha vivido. Y siempre sin prejuicios: cada lector disfruta del justo equilibrio entre saber e ignorancia, entre recuerdo y olvido. Ir ordenando mi biblioteca ha sido siempre una pasión. En ocasiones me guío por movimientos literarios, por el género o la nacionalidad del escritor. Otras veces reúno simplemente a mis autores fetiche y hago montones con ellos y me resisto a separarlos como si fueran siameses.

Algunos libros no deberían leerse demasiado rápido. Cada uno ha de ser disfrutado a la velocidad que se merece. Y releído. O simplemente guardado en la ignorancia, apartado, por si algún día nace el impulso de leerlo. La biblioteca de cada uno -me entran ansias de repetir- es casi su cerebro, el hombre sabio que a través de los años le hubiese gustado ser. Sobre estas líneas percibirán la historia, la cultura, el gusto, la ostentación, la solemnidad... la muerte de una forma de erudición. Decía Borges que el paraíso es una biblioteca. Sobrevivamos a la cultura del mínimo esfuerzo. Dejemos de pensar que cien imágenes valen más que todas las palabras que se han dicho y leído.

Texto: Guillermo Reparaz

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