Una vieja palabra vuelve a circular en conversaciones y foros. Nació en la guerra, viajó con mercenarios y aún levanta cejas.
En los pasillos de la historia quedaron términos que hoy incomodan. En el griego popular de hace siglos, llamar a alguien **catalán** dejó de describir un origen para apuntar a una conducta. Muchos **catalanes** de 2026 se topan con esa memoria y sienten extrañeza. Lo que parece una etiqueta geográfica esconde un **insulto** con raíces en campañas militares brutales que marcaron a **Grecia** y al Mediterráneo oriental.
Una palabra con cicatrices de guerra
Entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV, la Corona de Aragón proyectó su poder más allá de **Cataluña** y Sicilia. Lo hizo con un cuerpo temido: los **almogávares**, infantería ligera de choque, famosa por su grito de guerra y por no dar tregua. De ese grupo surgió la **Compañía Catalana**, contratada primero en el conflicto siciliano y, después, por el Imperio de **Bizancio** para contener a los otomanos.
Tras la firma de la paz en Sicilia, miles de hombres quedaron sin empleo. El emperador **Andrónico II** vio oportunidad y los llevó al Egeo. Acamparon en la zona de los **Dardanelos**, desde donde hostigaron a los turcos. La maquinaria funcionaba, pero todo se torció en **Adrianópolis**: el magnate y caudillo **Roger de Flor** fue asesinado durante un banquete, junto a su guardia.
En el griego de la época, la voz “catalán” empezó a vincularse a saqueo y violencia. El gentilicio se deslizó hacia el **insulto**.
La respuesta de la tropa fue despiadada. La llamada **Venganza Catalana** arrasó ciudades, campos y rutas comerciales. En los cantares griegos y en crónicas bizantinas, “catalán” dejó una huella negra. No designaba a un vecino de Barcelona, sino a quien despoja, incendia y cobra con sangre.
Quiénes eran los almogávares y por qué asustaban
Los **almogávares** no eran caballería pesada, sino fuerzas ágiles que atacaban de noche, destrozaban suministros y desorganizaban a enemigos superiores en número. Vivían de la paga y del botín. Su reputación cruzó fronteras, para bien y para mal.
- 1296–1302: servicios en Sicilia en guerras dinásticas, con abundante botín.
- 1303: contratación por **Bizancio** para frenar a los turcos en Anatolia.
- 1305: asesinato de **Roger de Flor** en **Adrianópolis** y ruptura total con la corte imperial.
- 1305–1307: **Venganza Catalana** sobre Tracia y Macedonia, con incendios y represalias.
- 1311: conquista del **Ducado de Atenas** tras una batalla decisiva en Beocia.
De aquel ciclo procede que, en ámbitos griegos, el término “catalán” pasara a nombrar al saqueador sin escrúpulos. No tenía que ver con la lengua o la cultura de **Cataluña** del siglo XXI; era un recuerdo de mercenarios implacables.
Llamarte “catalán” en una bronca no habla de tu pasaporte. Señala una conducta percibida como abusiva, heredera de un trauma histórico.
¿Se usa hoy en Grecia y qué puede significar para ti?
En el habla cotidiana actual de **Grecia**, esa acepción pervive de modo desigual. Aparece en refranes, en relatos familiares y en contextos donde se evocan agravios antiguos. No domina la calle ni los medios, pero emerge cuando la conversación tira de memoria. Si alguien lo suelta con tono agrio, está activando un imaginario de rapiña y traición. Si lo dice en broma, quizá remite a la épica de un equipo temible.
Para los **catalanes** de hoy, molesta porque confunde identidad con violencia. El choque nace del desfase entre la **Cataluña** contemporánea y aquella **Compañía Catalana** que devastó aldeas y monasterios. La lengua conserva ecos que la diplomacia ya superó.
Cuando un gentilicio se convierte en insulto
La historia recoge más casos en los que un nombre de pueblo se volvió etiqueta peyorativa. El fenómeno no es exclusivo de los **griegos** ni de los **catalanes**. El tiempo convierte episodios traumáticos en palabras comodín.
| Gentilicio o término | Contexto histórico | Sentido peyorativo extendido |
|---|---|---|
| Vándalo | Saqueo de Roma (455) atribuido a los vándalos | Persona que destruye o destroza bienes ajenos |
| Lombardo | Banca medieval bajo casas lombardas | Prestamista o usurero en textos antiguos |
| Filisteo | Conflictos bíblicos con pueblos del Levante | Persona considerada inculta o cerrada a lo artístico |
| Catalán (en griego histórico) | Acciones de la **Compañía Catalana** en **Bizancio** | Saqueador o mercenario cruel |
Estas derivas enseñan que las lenguas archivan dolores. Y que conviene separar el uso histórico del respeto a comunidades vivas.
Cómo actuar si escuchas la palabra en viaje o en redes
La convivencia se juega en matices. El contexto lo es todo. Si viajas a **Grecia** o participas en foros históricos, estas pautas ayudan:
- Pide aclaración sin confrontar: “¿En qué sentido lo dices?” abre conversación y desactiva tensión.
- Recuerda el marco: no es un juicio a los **catalanes** actuales, sino un eco del siglo XIV.
- Comparte datos: menciona a **Andrónico II**, **Roger de Flor** o el **Ducado de Atenas** para situar el tema.
- Evita generalizaciones: critica acciones del pasado, no personas de hoy.
- Cambia el foco: hablar de patrimonio común en el Egeo rebaja la carga del **insulto**.
Lo que te cuentan las fuentes y lo que puedes comprobar
Crónicas como la de Muntaner magnifican victorias y minimizan bajas propias. La épica exagera. Aun así, el rastro documental de incendios, confiscaciones y pleitos de la **Venganza Catalana** es sólido. Por eso, el vocablo prendió. Si te interesa dimensionar el fenómeno, compara versiones bizantinas con relatos catalanoaragoneses y observa cómo cada parte justifica o condena el mismo episodio.
La palabra cambió porque cambiaron las relaciones de poder: del aliado deseado al mercenario temido en apenas dos campañas.
Para mirar más allá del tópico
Quien ame la historia militar encontrará en los **almogávares** un caso de manual: movilidad, logística austera y moral de grupo. Quien prefiera la historia social verá aldeas arrasadas que, generaciones después, seguían invocando a los “catalanes” como amenaza. Un término se cargó de sentido por el choque entre eficacia táctica y devastación civil.
Si quieres calibrar el alcance real del **insulto**, haz un ejercicio mental: sitúa la escena en 2026 y piensa en palabras que hoy usamos sin recordar su origen violento. La distancia temporal diluye la ofensa, salvo donde pervive la memoria local. En la cuenca del Egeo, la palabra todavía trae imágenes de hogueras. En Barcelona, trae identidad y cultura. El puente entre ambas visiones se construye con contexto, no con reproches.
También cabe un aprendizaje práctico. Estudiar cómo un gentilicio se degrada a **insulto** ayuda a detectar cuando una conversación se tuerce. Si en un debate emergen etiquetas históricas cargadas, vale la pena parar, preguntar y reencuadrar. La lengua no es un tribunal, pero guarda pruebas. Y entender de dónde viene ese “catalán” griego evita que la chispa de 1305 incendie una charla de 2026.



¿De verdad se usa “catalán” como insulto en Grecia hoy o es más bien un recuerdo historico? ¿Algún enlace a fuentes griegas?