Comienzas el año con promesas y propósitos, pero en un rincón de España alguien te mira desde detrás de una máscara.
La escena no tiene serpentinas ni carrozas. Hay humo de brasas, sonidos de metal y telas ásperas que rozan la piedra. Lo que parece fiesta es, en realidad, un rito antiguo que habla de la tierra, del frío y de cómo un pueblo pacta con el invierno.
Qué pasa el 1 de enero en Riofrío de Aliste
En Riofrío de Aliste (provincia de Zamora), el 1 de enero no es resaca. Es función. Un grupo de jóvenes del pueblo, once en total más el niño de la Madama, que es un muñeco, se transforma en los personajes de Los Carochos y convierte las calles en escenario. No hacen un desfile al uso. Componen una obra viva que avanza entre casas, plazas y portales, con público que se integra y responde.
La representación alterna carreras, burlas, cantos satíricos y choques pactados entre figuras que parecen surgir de una fábula pastoral. Cuando termina la trama, los personajes pasan por las viviendas para felicitar el año y recoger el aguinaldo, ese pequeño tributo de comida o monedas que refuerza comunidad y memoria.
Se celebra el 1 de enero en Riofrío de Aliste y está declarada Bien de Interés Turístico Regional.
De dónde viene y por qué no es carnaval
El corazón de la mascarada late mucho antes del calendario cristiano. Su sustrato remite a rituales agrarios de fertilidad y a creencias que invocaban el cambio de ciclo tras el solsticio de invierno. Durante el Ciclo de los Doce Días —entre Navidad y Reyes— la comunidad dramatiza un paso simbólico: luz que regresa, campos que esperan semilla, vecindarios que se reconocen en un juego serio.
Esa genealogía explica su estética: máscaras toscas, cuernos, pieles, cencerros y utensilios de madera. También la ambivalencia de sus demonios, descendientes lejanos de figuras como Pan o Fauno, hoy domesticadas por capas cristianas y usos locales. No hay confeti. Hay tierra, humo y risa que desarma el miedo.
La mascarada no imita el carnaval: invoca una renovación comunitaria ligada a la estación y al trabajo del campo.
Los signos que te descolocan
En Los Carochos casi todo tiene doble lectura, práctica y simbólica. Las acciones parecen juego; su eco es más hondo.
| Personaje | Acciones | Simbolismo |
|---|---|---|
| Carocho y Carochín (diablos) | Carreras, embestidas leves, ordenan y desordenan la escena | Energía caótica que se integra al orden social |
| Madama y Galán | Baile, galanteo, guía del cortejo | Armonía, fertilidad, cohesión del grupo |
| Filandorra | Lanza ceniza, golpea con martillo de madera | Muerte que nutre, protección contra el mal |
| Ciego y Gitana | Burlas, falsa muerte y resurrección | Renacer del ciclo, esperanza ante lo incierto |
| Gaitero y tamborilero | Marcan ritmos, abren y cierran escenas | Pulso colectivo, memoria sonora |
La ceniza que la Filandorra reparte no es una broma sucia. Es semilla negra: durante siglos abonó los huertos y, en la fiesta, recuerda que la tierra se regenera. La flagelación con ramas de parra o vejigas no castiga. Despierta, purifica, provoca risa y libera tensión. El martillo de madera que golpea puertas durante la visita a las casas funciona como amuleto: sella la bienvenida y ahuyenta males antiguos.
El arco dramático termina con desfile, bautizo simbólico, muerte fingida y resurrección del Ciego. Luego, baile final al son de gaita y tamboril. Nada gratuito. Todo está colocado para que la comunidad sienta que el año arranca con el tablero reseteado.
Un pueblo entero detrás del antifaz
La función la firman rostros visibles y manos invisibles. En las semanas previas, vecinos de todas las edades cosen trajes, ajustan máscaras, reparan cencerros, ensayan versos y coordinan paradas. Quien viste el papel necesita ayuda. Las ropas pesan. Los cuernos tiran. El cuero roza. La logística no es un detalle: de ella depende que el relato fluya sin huecos.
Cuando los personajes llaman a cada puerta, la escena se hace doméstica: saludos, bromas, el aguinaldo en forma de embutido, dulces, vino o monedas. Ese intercambio sostiene la fiesta tanto como el guion. Quien da y quien recibe se reconocen. Al año siguiente, el gesto vuelve y la cadena no se rompe.
La preparación es coral: trajes, herramientas, música y versos salen de talleres y cocinas del propio pueblo.
Cómo entenderla si vas por primera vez
El visitante a veces busca un orden rígido y se desconcierta. Aquí la grada no existe. La trama te rodea, te cita y te hace moverte. Respetar distancias, dejar paso y observar señales de los actores ayuda a no romper el juego. Y si te cae ceniza, piensa en los huertos: estás dentro del pacto.
Consejos prácticos para 2026
- Llega con tiempo y abrígate: es mascarada de invierno y se nota en los huesos.
- Pregunta por recorridos y paradas. Los barrios cambian de protagonismo según el año.
- No invadas la escena. Los giros y carreras forman parte del guion.
- Si te ofrecen aguinaldo, agradece y comparte. El gesto te integra.
- Evita drones y flashes agresivos. La música y la atmósfera sostienen el relato.
Mapa mayor: una familia de ritos de invierno
Los Carochos dialogan con otras mascaradas de la raya hispano‑lusa y del norte peninsular. En la vecina Tras‑os‑Montes, los Caretos de Podence —patrimonio inmaterial reconocido internacionalmente— comparten máscaras feroces y humor ritual. En tierras zamoranas, nombres como el Zangarrón o la Visparra señalan tradiciones hermanas con calendario y matices propios. La idea común se repite: cerrar el año, conjurar el frío, invocar cosechas y equilibrar jerarquías por un día.
Para quienes investigan cultura popular, estas fiestas funcionan como archivo vivo. Guardan técnicas artesanas —carpintería, curtido, tejido—, repertorios musicales y maneras de organizar lo común. Para los pueblos, son palanca contra la despoblación: atraen visitas, tejen redes y refuerzan pertenencias sin necesidad de grandes focos.
Una mirada útil si piensas ir como viajero responsable
Planifica con realismo. El lugar es pequeño y la afluencia crece. Prioriza alojamientos y bares del entorno. Pregunta por posibles puntos de donación a la fiesta. Lleva calzado con suela marcada para piedra húmeda. Si vas con niños, mantén distancia de los demonios en las carreras. Recuerda que no estás en un espectáculo cerrado. Estás dentro de un rito que el pueblo sostiene desde hace generaciones.
Una última clave para leer lo que ves. Cuando la Filandorra manche tu abrigo o el Carocho amague con su cuerno, piensa menos en disfraz y más en contrato social. Esa mezcla de risa y desorden, de muerte y germinación, es el mecanismo con el que Riofrío de Aliste pone en marcha su año. Y, si te dejas, también el tuyo.



Entonces, ¿no es carnaval ni fiesta de resaca? A ver si no me lío: es rito de invierno, ¿no?