Disculparse todo el rato por nada: no es cortesía, este fenómeno desvela la herida de la infancia por excelencia según un estudio

Publicado el Por El equipo editorial
Disculparse todo el rato por nada: no es cortesía, este fenómeno desvela la herida de la infancia por excelencia según un estudio © Shutterstock

“Lo siento”. Esta palabra a veces sale incluso antes de haberlo pensado. Cuando alguien derrama su café sobre ti. Cuando un compañero llega tarde a una reunión. Cuando pides algo completamente legítimo. Estas disculpas compulsivas y automáticas afectan a muchas personas (y muchos creen que simplemente es su carácter). Que son “demasiado educadas”, “demasiado sensibles” o “demasiado amables”. Pero según la psicología, la realidad es muy distinta.

Este reflejo de disculparse todo el rago por cosas que no son culpa suya no tiene nada que ver con la cortesía. Es un mecanismo de supervivencia aprendido en la infancia. Un reflejo construido en un entorno donde gestionar las emociones de los adultos se convirtió, muy pronto, en responsabilidad del niño. Un estudio internacional reciente, citado por The Daily Galaxy, epxlica este fenómeno desde un ángulo científico. Esto es lo que revela la investigación sobre estos adultos que se disculpan demasiado (y por qué).

“Lo siento”: cuando pedir disculpas se convierte en un reflejo de supervivencia

Todo comienza en la infancia. Los psicólogos llaman a este fenómeno parentificación emocional. Se trata de una inversión crónica de roles, en la que el niño asume la gestión del estado emocional de un progenitor. En la práctica, el niño aprende muy pronto a observar los rostros, a “leer” el ambiente de una habitación en pocos segundos, y a lanzar disculpas para calmar la frialdad imprevisible de un adulto. Estos niños se convierten en padres sustitutos, confidentes, apoyos emocionales y mediadores para los adultos que deberían cuidarlos.

La disculpa funciona entonces como una herramienta. Dice: “Veo que algo va mal, me hago cargo, vuelve”. No importa si el niño ha hecho realmente algo mal. Lo que importa es que la disculpa es la única herramienta de la que dispone para restablecer una sensación de seguridad. Años más tarde, este reflejo sigue ahí. Profundamente grabado en el sistema nervioso. Y continúa activándose de forma automática, mucho después de que el niño haya salido de casa.

Este mecanismo deja huellas profundas y duraderas. Un estudio publicado en junio de 2023 en el International Journal of Environmental Research and Public Health analizó 95 investigaciones realizadas en seis continentes. Dirigido por investigadores de la Universidad de Illinois y de la Georgia State University, confirma que la parentificación emocional empuja a los niños a asumir roles emocionales de adultos mucho antes de estar preparados. Las consecuencias son importantes: los niños parentificados desarrollan tasas más altas de depresión y ansiedad, más problemas de comportamiento, peor salud física y un nivel educativo más bajo.

Un estudio japonés de 2023, también citado por The Daily Galaxy, precisa aún más el panorama: los adultos que ofrecieron apoyo emocional a sus padres durante su etapa escolar tenían más del triple de probabilidades de sufrir un alto malestar psicológico en la edad adulta. Y el patrón no desaparece al dejar el hogar familiar. El niño que vigilaba el estado de ánimo de su madre en la cocina se convierte en el adulto que vigila el estado de ánimo de su jefe en la oficina, la tensión entre amigos en una cena, o el cansancio de su pareja en casa.

¿Cómo reconocer este patrón en la vida adulta?

Una vez que se sabe ver, este patrón aparece en todas partes. Es disculparse por ocupar espacio en una fila. Decir “perdón” cuando alguien es grosero contigo. Disculparse porque un compañero llega tarde. Pedir perdón antes de hacer una petición totalmente legítima. O incluso disculparse por llorar, por estar cansado/a — a veces incluso por cosas que aún no han ocurrido.

No es cortesía. La cortesía es “gracias”, “por favor”, “disculpe”. Esto es la versión adulta de la herramienta de regulación emocional de un niño de ocho años, que se activa cada vez que la temperatura emocional del entorno cambia ligeramente.

El coste externo es invisible — todo el mundo piensa que esa persona simplemente es “muy amable”. El coste interno, en cambio, es enorme: una cantidad considerable de energía gastada en asumir responsabilidades que no le corresponden.

La buena noticia es que este reflejo de disculparse no es un rasgo de personalidad. Es un comportamiento aprendido, construido en un entorno concreto — y puede desaprenderse, momento a momento con conciencia. El primer paso, según los investigadores, es simple: notar la disculpa antes de que salga. Retenerla dos segundos. Y preguntarse: ¿es realmente mi culpa?

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