Los expertos se ponen de acuerdo: las personas nacidas entre 1960 y 1980 podrían ser menos impacientes que otras generaciones por esta razón
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Las personas nacidas entre 1960 y 1980, generalmente pertenecientes a la generación X, podrían tener cierta ventaja a la hora de gestionar la espera. Según el psicólogo del desarrollo Peter Gray, no se trata de tener un «mejor carácter», sino del contexto en el que crecieron. Una infancia analógica, en la que había que esperar para ver los dibujos animados, aceptar el aburrimiento, convivir con pocas opciones y con unos padres que negociaban menos, habría fortalecido su tolerancia a la frustración. En otras palabras, su cerebro aprendió a ser paciente sin que nadie se propusiera enseñárselo.
Por qué quienes nacieron entre 1960 y 1980 crecieron aprendiendo a esperar
En aquella época, retrasar la gratificación no era una estrategia de desarrollo personal: era la norma. Tu serie favorita se emitía una vez por semana y, si te la perdías, no había forma de recuperarla. Si un amigo no respondía al teléfono, había que esperar a que llegara a casa o a recibir una carta. Incluso para hacer una pregunta importante a los padres, muchos niños debían esperar a que volvieran del trabajo.
Ese entorno, en el que casi nada ocurría de forma inmediata, funcionaba como una versión cotidiana del famoso experimento del malvavisco del psicólogo Walter Mischel, que ya a finales de los años sesenta demostró que saber esperar una recompensa mayor requiere un importante autocontrol emocional.
Otro aspecto clave es que el aburrimiento no se consideraba un problema que hubiera que eliminar. No existían las redes sociales, los vídeos infinitos ni los juegos del móvil para llenar cualquier minuto libre. Un estudio publicado en la revista Journal of Personality and Social Psychology sugiere que esos momentos de aburrimiento favorecen la creatividad y la resiliencia emocional. La psicóloga Sandi Mann sostiene que, cuando no hay distracciones constantes, los niños aprenden a despertar su propio interés y a entretenerse por sí mismos. Permanecer una y otra vez en esa pequeña incomodidad habría reforzado la capacidad de estas generaciones para esperar sin sentir que la frustración las desborda.
Lo que la psicología entiende realmente por paciencia
En psicología, la paciencia no consiste simplemente en «no quejarse». Es una combinación de tolerancia a la frustración, control de los impulsos y capacidad para retrasar una recompensa en favor de un objetivo más importante.
Según la American Psychological Association (APA), esta habilidad se relaciona con una mejor salud mental, menores niveles de estrés y relaciones personales más estables. Las personas que desde pequeñas aprendieron que una incomodidad temporal no supone un peligro suelen gestionar mejor un correo desagradable, un proyecto que se retrasa o la espera de una prueba médica.
El ambiente en el que crecieron quienes nacieron entre 1960 y 1980 favorecía precisamente ese aprendizaje. Había pocas opciones: un número reducido de canales de televisión, menos juguetes y, en muchas ocasiones, un único postre para elegir. Una investigación publicada en Psychological Science concluye que un exceso de opciones puede aumentar el estrés y la impaciencia, especialmente entre los más jóvenes. Tener menos donde escoger no solo reducía la sobrecarga mental, sino que también obligaba a aceptar lo que había disponible.
Al mismo tiempo, los estudios de la psicóloga Diana Baumrind describen que los estilos de crianza de la época tendían a ser más estructurados, con normas claras y menos margen para la negociación. Menos discusiones diarias y límites más estables creaban un entorno propicio para desarrollar una mayor tolerancia a la frustración.
Una ventaja generacional que existe, pero con matices
Eso no significa que todas las personas nacidas entre 1960 y 1980 sean expertas en mantener la calma. Un estudio publicado en 2026 en el International Journal of Indian Psychology, realizado con 112 adultos —56 pertenecientes a la generación X (nacidos entre 1965 y 1980) y 56 de la generación Z— encontró que los participantes de mayor edad obtenían puntuaciones ligeramente superiores en paciencia. Sin embargo, la diferencia no fue estadísticamente significativa. Lo que sí observaron los investigadores fue una relación clara entre paciencia y procrastinación: cuanto más paciente era una persona, menos tendía a posponer las tareas.
En otras palabras, crecer en un entorno analógico pudo proporcionar una pequeña ventaja, pero la paciencia sigue siendo una habilidad que puede entrenarse a cualquier edad. Reducir voluntariamente algunas opciones, permitir que los niños se aburran de vez en cuando, renunciar al envío urgente o responder a los mensajes sin inmediatez son pequeños hábitos que ayudan a recuperar parte de ese aprendizaje que enseñó a toda una generación a convivir con la espera en lugar de huir de ella.
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