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“El día que dejé de decir aquellas palabras a mi hija”: Emotiva confesión de una madre ocupada

por Redacción enfemenino Creado en 19 de agosto de 2014
“El día que dejé de decir aquellas palabras a mi hija”: Emotiva confesión de una madre ocupada© www.handsfreemama.com

La sociedad en la que vivimos nos impone un ritmo frenético que muchas veces acabamos asumiendo como un hábito. Desgraciadamente, en este camino se pierden muchas cosas, y más cuando se es madre y no parece haber tiempo para todo. La educadora Rachel Macy Stafford nos habla precisamente de ello en un emotivo post en su blog. De cómo descubrió que, en su afán casi irracional de no querer nunca “perder el tiempo”, usaba recurrentemente una expresión para dirigirse a su hija. Seguro que te suena.

"Cuando vives una vida llena de ocupaciones, cada minuto cuenta. Te sientes como si debieras estar tachando algo de tu lista, mirando alguna pantalla o corriendo hasta el próximo destino todo el tiempo. Y no importa cuántas formas encuentres para gestionar tu tiempo y tus quehaceres, no importa cuántas tareas trates de hacer a la vez; nunca habrá suficiente tiempo en el día para hacer todo lo que tienes pendiente.

Así transcurrió mi vida durante 2 años frenéticos. Mis pensamientos y acciones estaban controladas por notificaciones, alarmas y agendas cuidadosamente planificadas. Y aunque ponía cada fibra de mi piel en llegar a cada actividad de mi esquema diario, no lo lograba.

Rachel y sus dos hijas © www.handsfreemama.com

Veréis, hace 6 años fui bendecida con una niña relajada y descuidada. De las que siempre se detienen a oler las rosas.

Cuando teníamos que salir de casa… se tomaba su tiempo para elegir la cartera que iba a llevar y su coronita de abalorios.

Cuando yo tenía que estar en algún lugar al cabo de 5 minutos… ella insistía en ponerle el cinturón de seguridad a su peluche.

Cuando yo apenas tenía tiempo para un almuerzo rápido… ella se detenía a hablarle a una anciana que se parecía a su abuela.

Cuando yo tenía sólo 30 minutos para llegar… ella quería pararse y acariciar a cada perro que veía.

Cuando yo tenía una agenda llena que comenzaba a las 6 de la mañana… ella pedía que le revolviera un poco más los huevos para el desayuno.

Mi niña, de carácter despreocupado, era un regalo para mí… pero yo no me percataba. Cuando vives una vida ocupada, tienes visión de túnel: sólo ves lo próximo en tu agenda. Y cualquier cosa que no esté anotada en ella es una pérdida de tiempo.

Cada vez que mi hija me obligaba a desviarme de mi planificación, pensaba “no tenemos tiempo para esto”. Por eso, las palabras que con más frecuencia le decía era “Date prisa”.

Siempre comenzaba mis frases con: ¡Date prisa, que llegamos tarde! Y las terminaba con: ¡Como no te des prisa no llegamos!

Comenzaba el día con: ¡Date prisa con el desayuno! ¡Vístete deprisa! Y las terminaba con: ¡Date prisa y lávate los dientes! ¡Date prisa y métete en la cama!

Y aunque decirle a mi hija “date prisa” lograba muy poco respecto a su velocidad, se lo decía de todas formas. Quizá incluso más que “Te quiero”.

La verdad duele, pero la verdad también cura… Y me llevó a estar más cerca de ser la madre que quiero ser.

Pero cierto día, las cosas cambiaron. Acabábamos de recoger a mi hija mayor del cole y nos estábamos bajando del coche. Insatisfecha con su velocidad, mi hija mayor le dijo a su hermana: “Eres tan lenta”. Se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro exasperado. Me me vi reflejada en ella totalmente… y fue una imagen que me revolvió las entrañas.

Me había convertido en una matona que empujaba y presionaba a una niña pequeña que sólo quería disfrutar de la vida.

Por fin abrí los ojos y pude ver con claridad el daño que mi vida frenética había hecho en mis dos hijas.

Aunque me temblaba la voz, miré a los ojos a mi hija menor y le dije “siento muchísimo haberte metido prisa. Adoro que te tomes tu tiempo y ojalá pudiera ser más como tú”.

Mis dos hijas se miraron igual de sorprendidas ante mi dolorosa confesión, pero en el rostro de mi hija menor vi el inconfundible brillo del entendimiento y la aceptación.

“Te prometo ser más paciente de ahora en adelante”, le dije a mi hija de cabellos rizados mientras la abrazaba.

Eliminar la expresión "date prisa" de mi vocabulario fue algo bastante sencillo. Lo que no era tan simple era tener la paciencia de esperar a mi hija. Para facilitar la tarea, comencé dándole un poco más de tiempo para prepararse cuando teníamos que ir a alguna parte. Incluso así, muchas veces llegábamos tarde. Era entonces cuando me repetía a mí misma que esas serían las ocasiones en que llegaría tarde, sólo por algunos pocos años, mientras ella fuera pequeña.

Cuando mi hija y yo salíamos de paseo o de compras, le permitía marcar el paso a ella. Y cuando se detenía para mirar algo, sacaba de mi cabeza las cosas pendientes de mi agenda y simplemente me dedicaba a observarla. Contemplé expresiones en su rostro que no había visto nunca antes. Estudié las líneas de sus manos y la forma en que sus ojos se fruncían al sonreír. Observé cómo otras personas respondían cuando ella se detenía y se tomaba su tiempo para hablarles. Miré cómo se detenía para admirar insectos y flores. Era una observadora nata, y rápidamente aprendí que los observadores del mundo son regalos escasos y bellos. Fue entonces cuando comprendí que ella era un regalo para mi alma frenética.

Hice mi promesa de bajar el ritmo hace ya casi 3 años, momento en que comencé a dejar las cosas banales de la vida y preocuparme por lo que realmente importa. Vivir a un paso más lento aún me requiere cierto esfuerzo. Mi hija pequeña es mi recordatorio permanente de que debo mantenerme así. De hecho, hace poco volvió a recordármelo.

Un día, estando de vacaciones, fuimos en bicicleta hasta una tienda. Le compré un helado, y se sentó en una mesa cercana para admirar la torre que sostenía en su mano.

Repentinamente, su rostro lanzó una mirada de preocupación. “¿Tengo que darme prisa, mamá?”.

Casi me puse a llorar. Quizá las cicatrices de una vida de prisas nunca desaparezcan completamente, pensé con tristeza.

Pero, mientras mi hija me miraba esperando para saber si podía tomarse su tiempo, supe que tenía una opción. Podía sentarme a lamentarme por todas las veces que metí prisa a mi hija durante su vida… o podía celebrar el hecho de que estaba tratando de hacer las cosas de forma diferente.

Elegí vivir el presente.“No tienes por qué darte prisa. Tómate tu tiempo”, le dije suavemente. Su cara de inmediato se iluminó y sus hombros se relajaron. Y así fue como nos sentamos juntas, para hablar de las cosas que le gustan hacer a esta niña de 6 años. Incluso hubo momentos en que estuvimos sentadas en silencio, simplemente sonriéndonos la una a la otra, mientras contemplábamos la vista y los sonidos de nuestro entorno.

Pensé que iba a terminarse el helado, pero cuando le quedaba un poquito, me dijo orgullosa: “te guardé la última cucharada, mamá”.

Y a medida que el sabor dulce saciaba mi sed, me di cuenta de que acaba de hacer uno de los grandes aciertos de mi vida.

Le di a mi hija un poco de tiempo… y, a cambio, ella me dio su última cucharada y el recordatorio de que las cosas saben más dulces y el amor fluye mejor cuando dejas de estar corriendo por la vida. Ya sea… Para comer helado. Para recoger flores. Para ponerse el cinturón. Para revolver los huevos. Para buscar conchas en la playa. Para observar insectos. Para pasear por la calle.

Ya no diré “no tengo tiempo para esto”, porque supone básicamente decir “no tengo tiempo para la vida”.

Hacer una pausa para disfrutar las cosas simples que nos ofrece la vida diaria es la única forma de vivir realmente.

(Y creedme, lo aprendí de la experta mundial en disfrutar de la vida).

Rachel Macy Stafford, creadora del blog Hands Free Mama
Si quieres ver el texto original, haz clic aquí.

Redacción enfemenino
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