Hay vida más allá del Nº5 de Chanel

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Se han escrito ríos de tinta sobre este perfume emblema, icono, referencia absoluta de Chanel. Más allá de una partitura perfectamente articulada, de una revolución que marcó un antes y un después abriendo una nueva vía de creación en la que todo era posible, fue y es un fenómeno social que se ha inscrito a fuego en nuestro subconsciente olfativo.

Coromandel, un oriental amaderado, denso y poderoso que desvela todos los matices del incienso, la madera de Benjuí y el Pachulí.
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Reconocible entre un millón, el Nº5 es la prueba irrefutable de que un buen perfume no envejece, no pasa de moda, inmutable frente a tendencias de última hora, y lo que es más difícil, convenciendo a las nuevas generaciones… Pero sería injusto restringir la ‘grandeur’ de Chanel a un solo perfume. Esta casa ha entendido mejor que nadie la importancia de poner en valor su patrimonio.

Gabrielle Chanel era una enamorada de los biombos de Coromandel, un arte extraordinario y minucioso. Para ella reflejaban su forma de entender el trabajo: paciencia infinita y espíritu de perfección. Llegó a tener 32 biombos repartidos entre sus apartamentos del número 31 de la rue Cambon y del Hotel Ritz de París. Los usaba para revestir paredes, a modo de papel pintado, o para separar ambientes y esconder puertas.
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La Colección de Les Exclusifs cuenta la historia de la Maison, de su creadora, fundadora, alma y esencia. La vida y vivencias de Gabrielle Chanel son una fuente de inspiración inagotable de la que beben sus maestros perfumistas para crear composiciones únicas y excelsas.

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Un ejercicio que practican en total libertad privilegiando materias primas de calidad excepcional. Es una forma de recordarnos su historia al mismo tiempo que refuerza su legitimidad para inscribirse en el universo de la Alta Perfumería, de marcar una diferencia que ya no solo es un lujo, sino una necesidad. Un viaje iniciático que repasa los momentos clave de la vida de Mademoiselle, donde profesión y sentimientos se retroalimentaban conformando un todo sin fisuras, a través de 15 eau de toilette. Todas y cada una nos convierten en testigos de excepción de un pedacito de su vida.

Beige, mezcla singular de flores tiernas y empolvadas con un toque de miel. Es el color emblemático de Mademoiselle. ‘Me refugio en el beige porque es natural’ decía la diseñadora. Estaba presente en todas sus colecciones, paradigma cromático de la elegancia refinada sin estridencias. Hoy, y de la mano de Karl Lagerfeld, sigue siendo un tono ineludible tanto para el Prêt-à-Porter como para la Alta Costura.
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Sycomore, el más amaderado de todos, rico en matices, sus materias primas nobles se construyen alrededor de un vetiver ligeramente especiado por la pimienta rosa.
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Reflejo olfativo de una premisa Chanel: la elegancia no debe ser pesada. De esta forma, los perfumes pueden ser femeninos sin tener que recurrir a las flores ni a los aromas dulces.
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Jersey, un aromático floral donde una lavanda suave y refinada, reina de la composición, se deja llevar por los almizcles blancos.
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A principios de los años 20, Chanel encarga a un fabricante kilómetros de una tela que hasta la fecha solo se usaba para confeccionar la ropa interior masculina. Bajo sus manos, el jersey se convirtió en el instrumento de una nueva elegancia y el marcador de una feminidad absoluta.
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Misia, un oriental floral que nos recuerda el ambiente empolvado de los tocadores de antaño con efluvios de rosa de Grasse, violeta, raíz de lirio, iris…
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Amiga y confidente de Chanel, Misia juega un papel fundamental en su vida. No solo es la que le descubre Venecia y su arquitectura (que le inspirarán para la creación de sus colecciones y sus joyas) sino que también es el nexo de unión de la diseñadora con el arte. Con ella descubrió a los artistas más relevantes de la época.
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La Pausa, un floral empolvado sobrio y elegante que lleva al Iris Pallida a su máxima expresión olfativa, desvelando todas sus facetas y todos sus contrastes.
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La casa que Gabrielle Chanel hizo construir sobre un terreno comprado en 1928 en Roquebrune. Compendio de lujo y simplicidad, era su refugio, el lugar al que acudía para desconectar de los vaivenes de París.