Los niños más felices tienen padres que evitan estas conductas destructivas que a menudo se consideran "inofensivas", según los expertos

Publicado el Por El equipo editorial
Los niños más felices tienen padres que evitan estas conductas destructivas que a menudo se consideran «inofensivas», según los expertos © Shutterstock

La seguridad emocional es esa certeza de sentirse querido, escuchado y protegido, incluso después de una discusión o de un error. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que crecer en un entorno familiar de apoyo es uno de los principales factores de protección para la salud mental infantil. Algunos estudios en psicología infantil describen a un niño emocionalmente estable como aquel que es capaz de expresar lo que siente, recuperarse con relativa rapidez de las frustraciones y no cambiar por completo su comportamiento cuando percibe estrés en los adultos. Estas características suelen relacionarlas con un apego seguro y un estilo de crianza basado en el afecto, la escucha y unos límites claros y coherentes. Más que aplicar un método perfecto, estos padres tienen algo en común: evitan casi siempre seis comportamientos que pueden debilitar la seguridad emocional de sus hijos.

Las conductas que estos padres evitan

Estos padres son conscientes de que el cerebro de sus hijos se desarrolla en cada interacción. Aunque también cometen errores, procuran no convertir en costumbre estos seis hábitos:

1. Reprimir sus propias emociones

Evitan mostrarse siempre fríos, distantes o emocionalmente cerrados, incluso cuando hay conflictos. Saben que expresar las emociones de forma saludable también educa.

2. Responder a las rabietas con más rabia

Intentan no reaccionar con gritos, amenazas o castigos impulsivos cuando el niño pierde el control. Antes buscan calmarse ellos mismos para poder acompañar la situación.

3. Invalidar las emociones del niño

Frases como «Estás exagerando», «Deja de llorar» o «No tienes motivos para estar triste» hacen que el niño sienta que sus emociones no son válidas.

4. No pedir perdón nunca

Reconocen cuando se equivocan y son capaces de disculparse si han sido injustos o han hablado mal a su hijo.

5. Convertir al niño en su apoyo emocional

Evitan tratar a sus hijos como confidentes o hacerles responsables de su estado de ánimo o de sus problemas de adultos.

6. Convertir cada conversación en un interrogatorio

En lugar de bombardear al niño con preguntas sobre el colegio, los amigos o el móvil hasta que deje de hablar, prefieren fomentar conversaciones naturales y sin presión.

¿Por qué estos errores afectan tanto a la seguridad emocional?

Cuando un padre se muestra emocionalmente inaccesible, el niño puede aprender que expresar sus sentimientos es un problema y que es mejor callarse. Si los adultos responden a las rabietas con gritos o enfado, el menor puede interpretar que sus emociones ponen en peligro la relación con sus padres. Del mismo modo, impedir que llore o exprese tristeza puede llevarle a reprimir sus emociones durante años, con el riesgo de que terminen aflorando de forma más intensa durante la adolescencia o la edad adulta.

No pedir perdón tampoco ayuda. El niño puede acabar creyendo que reconocer un error es un signo de debilidad o que querer a alguien significa aceptar cualquier comportamiento sin protestar. Por otro lado, cuando un menor asume el papel de apoyo emocional de sus padres, un fenómeno conocido como parentificación, es más probable que, de adulto, tenga dificultades para poner límites y tienda a anteponer siempre las necesidades de los demás a las suyas.

En cambio, distintos programas de educación parental centrados en las emociones muestran que validar lo que siente el niño, establecer límites claros y reparar la relación después de un conflicto favorece la resiliencia, la autoestima y la confianza.

Cómo empezar a cambiar sin sentirse culpable

Reconocerse en alguno de estos comportamientos no significa ser un mal padre o una mala madre. En muchas ocasiones, simplemente reproducimos la forma en que nosotros mismos fuimos educados. El primer paso consiste en identificar cuál de estos hábitos aparece con más frecuencia: cortar el llanto, hacer demasiadas preguntas o apoyarse emocionalmente en el niño. Durante unos días basta con observar esas situaciones sin juzgarse, tratando de entender qué las desencadena.

Después, pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia. Por ejemplo, sustituir un «Deja de llorar» por un «Veo que lo estás pasando mal, estoy aquí contigo». O, en lugar de convertir la vuelta del colegio en un interrogatorio, empezar compartiendo cómo ha sido nuestro propio día antes de hacer una única pregunta abierta.

Y si en algún momento perdemos los nervios, también es importante reparar el vínculo: «No debería haberte hablado así. Tú no tienes la culpa de que yo estuviera cansado». Son precisamente estos pequeños gestos, repetidos de forma constante, los que ayudan a construir niños más seguros, resilientes y emocionalmente estables.

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