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Zúrich, un destino perfecto para un buen vividor

Redacción Joyce
por Redacción Joyce Publicado en 5 de febrero de 2015
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Diseño, gastronomía y shopping son los pilares principales de tu viaje a Zúrich. ¡No te lo podrás quitar de la cabeza! Aquí tienes la mejor guía de viaje.

Presumen los zuriqueses de que, a pesar de ser una de las ciudades más caras de Europa, sus mejores imputs son gratuitos: las limpias aguas del lago donde nadar, los altos pastos de Appenzeller, a poco más de una hora de camino, para desconectar. En Zúrich se vive muy bien. Una ciudad en pequeña escala, chic y decididamente moderna, donde se valoran el bienestar y la sostenibilidad, se viaja en transporte público, se aprecian los vinos orgánicos y la carne de las vacas crecidas en libertad y se mueven cantidades ingentes de dinero. Su única desmesura es la apabullante oferta de bienes y servicios en un ámbito tan reducido.

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En Zurich coexisten la innovación, el vintage y la manufactura. eso sí, el diseño suizo se caracteriza por la eficacia y la calidad, y eso tiene un precio.

A orillas del lago, los mecanismos de la escultura de Tinguely giran con el viento y a cada nuevo soplo cae una lluvia de hojas de los árboles cercanos. Cerca de allí se encuentra la última obra del arquitecto suizo Le Corbusier, un pabellón luminoso y colorista que en su tiempo debió de ser revolucionario. Diametralmente opuesta en el mapa, la trendy Zürich West es hoy el territorio del arte, el diseño, la gastronomía, el shopping y la música. Los pequeños comercios de la zona cruzan los dedos para que la imparable gentrificación no acabe con ellos.

La moda y la vanguardia conquistan los Kreis 4 y 5. Si la famosa Banhofstrasse se rige por las pautas del mundo de los negocios, Josefstrasse y Zürich West, antigua área industrial en pleno proceso de transformación, muestran la cara creativa e informal de la ciudad. Destacan el espacio comercial Im Viadukt, el edificio del Freitag Flagship Store, las galerías de arte del Diagonal Building, el museo Migros y el bar Clouds en lo alto de la Prime Tower, el edificio más alto de Zúrich.

Dormir:
La tradición hotelera de Zúrich lo pone muy difícil a la hora de elegir entre los grandes clásicos, radicalmente actualizados, y los nuevos embajadores del lujo hospitalario.

Bajo la ventana del Hotel Storchen, el río se desliza suavemente hacia el Rin, sin apenas ruido. Desde allí se observa a los pescadores por la mañana y las barcas deportivas por la tarde, en una quietud intemporal que desmiente la frenética actividad financiera que se desarrolla a escasa distancia. Local y cosmopolita, coherente, con la sola desproporción de su desmesurada oferta, Zúrich cuenta con una selección de muy buenos hoteles que permiten disfrutarla desde muy variados puntos de vista. Difícil elección.

Desde el panorámico Dolder Grand, cuyo brunch y espléndido spa son un must entre los locales, al intrincado clásico/vanguardista Widder, ¡ojo a sus veladas de jazz!, el boutique-hotel Rössli, el clásico intemporal Baur au Lac, otro clásico, el Storgen, en su inmejorable posición sobre el Limmat, el arquitectónico Greulich y su fumoir, o el exclusivo y soberbio Alden...

Comer:
La calidad como elemento indiscutible. El consumidor suizo es sumamente sensible a los nuevos conceptos de sostenibilidad, bio, orgánico, slow.

La carta precisa que la carne de sus steaks procede de vacas sanas y bien pastadas, el vino lleva la etiqueta bio, que aquí se relaciona con una mayor calidad, las lechugas -aunque no lo pone- tampoco deben quedarse atrás. Calidad, calidad y sólo calidad. Ese es el espíritu local en materia gastronómica, amén de un clasicismo que se expresa en la universalidad del rösti y el schnitzel, entre otros, y la presencia de un vegetariano de toda la vida en plena expansión. En Zúrich es imposible quedar insatisfecho.

Sugerencias gourmet: Ojo de Agua, en la cresta de la ola, carnes afamadas; nuevas propuestas con inspiración local en The Dolder Restaurant y Rico’s Kunstsuben, ambos con dos estrellas Michelin; el clásico Kronenhalle, como siempre; los nuevos La Salle y Blaue Ente reconvertidos en espacios industriales; el pionero vegetariano Hiltl en su sede de Sihlstrasse y el céntrico y amable CoCo’s.

A un buen andarín no hay rincón que se le resista en esta ciudad de 400.000 almas. La red de tranvías y metro, con la tarjeta Zurichcard, hacen el resto.

Los vértices del skyline de Zúrich no lo marcan los rascacielos sino las agujas de sus iglesias. Sobria por tradición y discreta en consonancia, su centro financiero se halla en medio del casco antiguo y las mejores marcas de diseño internacional se suceden en una intrincada red de callejas adoquinadas. ¡Ojo con los louboutines para ir a una boda en la iglesia de San Pedro! Las mejores fortunas de la ciudad residen en Enge y Zurichberg, en las colinas circundantes, donde disponen de sol aun cuando la bruma cubre la ciudad.

Los viernes merece la pena madrugar para el mercado de flores y verduras de Bürkliplatz, en el área de Bellevue. Las mejores puestas de sol se disfrutan a orillas del lago o en el pequeño mirador de Lindehof, en la ciudad vieja. Entre ambas citas quedan las ondulantes calles de esta última, el centro del lujo y las finanzas, una excelente oferta cultural incluyendo el Kunsthaus - museo de arte moderno-, el museo Riertberg, el museo del Diseño, el pabellón de Mies Van der Rohe, la Confiserie Spruengli o el Teecafe Schwarzenbach.

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