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Laos, el país de los mil insignificantes

por Redacción Joyce Publicado en 16 de febrero de 2015

Un paraíso rehabilitado que tienes que visitar por lo menos una vez en la vida. Si necesitas un retirlo espiritual, Laos es tu destino.

Ese señor con las manos en los bolsillos, el mismo que se hurga la nariz con un inhalador, ha cruzado la frontera para renovar su visado en Tailandia. Esos dicaprios con capucha, también. En unas horas emprenderán el camino de vuelta. Amanece a las puertas de Vientiane, capital del país del millón de elefantes, del “millón de insignificantes” también. Así lo bautizaron los reporteros desplazados para la Guerra de Vietnam en los 60 y 70; esos que vieron hacerse de noche de repente, que temieron haber abusado de las drogas y tuvieron que pellizcarse los brazos esperando despertar. Me lo cuenta la guía del Museo Nacional de Laos. Estamos a las puertas de su edificio colonial. Fuma un cigarro. “Imagina la expresión más grande de terrorismo”, dice, “y te quedas corto”. Ahora me pregunta por la población de un país como España. Le interesan los conflictos, las explosiones, los atentados. Luego suelta una cifra: “500 kilos de bombas”/”¿En total?”, pregunto./“Por persona”, dice. Y añade: “Durante aquellos años eso es lo único que nos deparó la historia”.

Entre 1964 y 1973 la Fuerza Aérea de los Estados Unidos lanzó una lluvia de 2.000.000 de toneladas de explosivos en territorio laosiano con el objetivo de debilitar su línea de suministros con Vietnam. “Como un caleidoscopio”, dice. “Levantabas la vista y el cielo se abría en innumerables fragmentos. Cuentan los supervivientes que al impactar con el suelo las bombas despegaban a la gente de sus cuerpos”. Y concluye: “medio siglo más tarde esto parece Disneylandia”, Exagera. Mientras el resto del Sudeste Asiático se encuentra hoy devorado por el turismo de masas, Laos se ha encomendado a la ‘labelización’ de la UNESCO para blindar parte de su riqueza cultural. Así sucedió con Luang Prabang en 1995, cuya herencia real y colonial era plato muy sabroso para touroperadores y constructores megalómanos. Su etiqueta de Patrimonio de la Humanidad ha sido garantía de restauración y protección de callejones, pagodas o casas coloniales, que respiran una segunda juventud sin evitar desequilibrios como tuk tuks y motos en vez de gallinas. Separada de Tailandia por el famoso ‘Puente de la Amistad’, Vientiane es el centro económico y político del país, sin alcanzar el millón de habitantes y considerada como la capital más tranquila del mundo. Y es que sus habitantes no parecen conocer el estrés -dicen que “trabajar demasiado es malo para el cerebro”- y es un placer relajarse en sus cafés de herencia francesa, sus encantos culturales como el templo de Haw Phra Kaew, las cataratas de Tad Leuk y Tad Xay y hasta el imprescindible río Mekong. Este monumento natural, que comparte protagonismo con el mítico Ganges en todo el continente, recorre el país de norte a sur durante casi 2.000 kilómetros.

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Sus aguas de color chocolate, sucias, imprevisibles y traicioneras, coleccionan todo tipo de leyendas. Una de las primeras sorpresas al penetrar en este antiguo territorio de la Indochina francesa, independiente desde 1975, tiene lugar en la oficina de cambio. De allí, sin importar nuestro presupuesto, no cabe duda de que saldremos millonarios. Y es que su moneda ha sufrido tantas decepciones -y devaluaciones- que uno de nuestros euros se paga a más de 11.000 kips.

Ahora sentado en una tasca en Luang Prabang. Es el principio de la tarde. Un estruendo de risas porque alguien acaba de invitar a una ronda de Lao Beer. El camarero me explica que la otra bebida nacional es el Mekong. Lo dice con un punto de ironía. Me cuenta que en medio del conflicto una facción extremista juró que sus aguas enaltecían el comunismo, que beber del Mekong era una prueba de fe en la revolución. Una anciana occidental pega caladas a un pito sospechoso. Le pregunto qué fuma y me responde ‘budismo’. A unos metros un niño con triciclo introduce en sus pantalones una larga pistola de juguete. Realiza el gesto de forma teatral. Tiene manchas de pintura roja en las mejillas y la frente, a modo de heridas de guerra. Su imagen me distrae. Morir de forma imaginaria en Luang Prabang, me digo. Al levantar la cabeza la señora no está. Le pregunto al camarero y me responde que no se ha marchado. Sigue ahí, dice riendo, y apunta con un dedo al cuenco de cerámica, uno con varias colillas, uno en el que arde en miniatura una montaña de cenizas. Luang Prabang es el paraíso cultural y religioso del país, famosa por sus 32 templos, sus residencias tradicionales de madera, sus casas de estilo antiguo colonial y su entorno natural. También es la ciudad de las ofrendas, centro del budismo teravada, de los 80 monasterios y donde un vendedor de joyas me encuentra parecido con Mahatma Gandhi mientras decenas de mochileros buscan visiones de sí mismos. Merece la pena una visita al Vat Xieng Thong, Templo de la Ciudad Dorada, acercarse a las cataratas de Kuang Si y contemplar 360º de vistas desde el Vat That Chonsi, en lo alto del Monte Phou. Viajar por el país es aún una aventura: baches, socavones, paradas, curvas y estrecheces. Recorrer cien kilómetros por carretera es tan largo y costoso que exige varias horas de zig zags, operarios despejando los caminos y calor insoportable. Eso hace que los cruceros a través del Mekong sean una alternativa ideal y una inmersión en la cultura laosiana entrando en contacto con las poblaciones de las orillas.

Uno de los destinos más singulares de Laos, rozando la Ciencia Ficción, es la Llanura de las Jarras. En el autobús de ida le he pedido a una niña que me escribiese algo para ti y me ha preguntado si estamos casados. La Llanura de las Jarras es una zona natural que reúne miles de vasijas de roca. Nadie conoce exactamente su origen ni utilidad, y hay multitud de leyendas relacionadas con restos de hace más de 2.000 años. Otros imprescindibles son Champasak y las Cuatro Mil Islas en el sur del país, y más recientemente el renovado Van Vieng, que ha abandonado un pasado turbulento de drogas, alcohol y muertes accidentales de turistas para convertirse en un refugio de naturaleza en estado puro. Allí paso unos días de turismo activo. Ahora es un puente levadizo de metal. Aparcamos las bicicletas para evitar precipitarnos una decena de metros. Estamos aquí para visitar la cueva de Tham Phu Kham, sagrada por los laosianos y muy popular por el lago verde azulado de su entrada. Aparentemente no hay nadie para recibirnos y la gente se impacienta. Un adolescente de la zona nos pide unas monedas. Va repitiendo la operación con todos los turistas. Esta es la cueva más importante de Laos, dice un alemán con auténtica fe. El muchacho responde: esta es la cueva más cerrada.


DIRECCIONES
Hoteles
Luang Prabang:
-Satri House. Banwatsane. Fue residencia del príncipe Soupha-Nouvong y reúne cultura y hospitalidad con su colección de artesanía y antigüedades.
-Belmond La Résidence Phou Vao. 3 PO Box 50. Seguramente el hotel más suntuoso de Laos y uno de los mejores del continente asiático. Rodeado de jardines tropicales y con 34 espaciosas suites con impresionantes vistas.
-Hôtel de La Paix. Unit 4, Ban Mano. Ocupa una fortaleza colonial francesa. Encanto tradicional, lujo moderno y una espectacular piscina al aire libre.
Vientiane:
-Dhavara Boutique Hotel. Ban Xiang Nguen Mantathurath. Hotel boutique que incorpora detalles tradicionales de Laos a su experiencia.
-Green Park Boutique Hotel. 248 Khouving Road. Reúne los mejores elementos de la arquitectura contemporánea de Laos. Historia y modernidad.
-Salana Boutique Hotel. Chao Anou Road. Alojamiento urbano y refinado en pleno centro de la capital.

Restaurantes
Luang Prabang:
-Phou Savanh. Interiores sofisticados y romántico patio con vistas al Monte Phou Si. Fusión franco laosiana. Pertenece al Belmond La Résidence Phou Vao.
Vientiane:
-L’Adresse de Tinay. Wat Ongteu. Cocina francesa contemporánea con toques locales. Magnífica bodega y ambiente romántico.
-Makphet Restaurant. Chanthabouly District. La mejor cocina local de la ciudad, local elegante y precios irrisorios.

Cuándo viajar
Entre noviembre y febrero: temperaturas más suaves y menos lluvia.

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