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Actitud Norte, ¿te vienes a Bretaña?

por El equipo editorial Creado en 9 de septiembre de 2015
© Joyce

Mucho más que los grados de latitud o las inclemencias del clima, el Norte es una manera de pensar, vivir, soñar y disfrutar.

Le Palais, Belle-Île © Joyce

El poder de atracción de los extremos obra su efecto en la punta occidental de Bretaña, el departamento de Finistère, donde la naturaleza destemplada, el paisaje roto y un pasado propio le confieren un poderoso atractivo. Cuando se ‘descubrió’ su existencia gracias a la llegada del ferrocarril, muy avanzado el siglo XIX, aquí se congregó una pléyade de pintores entre los que se propició la ruptura del arte moderno. Siguiendo sus huellas, hoy, al abrigo y el rumor del Atlántico, damos los primeros pasos por el camino del otoño.

Lo cierto es que aquella tarde bañada por el sol la Costa Salvaje de Belle-Île no lo parecía tanto; complicada sí, y de difícil acceso, pero la larga plataforma rocosa que termina abruptamente sobre el mar se desplegaba a los ojos como una bonita postal panorámica. Andábamos tras las trazas de Claude Monet, que la retrató de veras salvaje, bronca y afilada en los 39 lienzos que pintó durante su estancia en la isla. Un día que llovía y el paisaje no valía nada retrató al paisano que le hacía las veces de ayudante; ese ‘Retrato de Poly’, el único que realizó en la isla, se exhibe hoy en el museo Marmottan de París.

Belle-Île la terrible, dirá más tarde. Llega el 12 de septiembre, cuando el tiempo empieza a revolverse. El puerto de Le Palais, presidido por la impresionante ciudadela de Vauvin, no le gusta nada. Mucha gente, muchos barcos, huele que apesta a rogue (las huevas que se usan como cebo para la pesca de la sardina). En busca de soledad y de paisajes dramáticos se establece en Kervilahouen, un pueblecito de esa costa sudoeste llamada Costa Salvaje, y se queja en las cartas a su mujer de tener que cenar sopa de bogavante a diario. El rey de la gastronomía bretona todavía no tenía caché.

Estamos en 1886 y Bretaña está de moda. Renoir también está en Bretaña, Flaubert escribe sobre ella, es tema de conversación en los cafés de París. En Pont-Aven, un pequeño y próspero puerto de la Cornuaille, se ha establecido una auténtica colonia de pintores que se conocerá como ‘La escuela de Pont-Aven’ gracias, sobre todo, a la presencia de Gauguin. Belle-Île, la mayor de las islas bretonas frente a la península de Quiberon, es conocida por sus espectaculares grutas y acantilados, pero muy pocos viajeros se acercan por ahí y no cuenta prácticamente con alojamientos.

A partir de 1882, con la llegada del tren, empiezan a llegar los turistas. Y entre ellos Sarah Bernhardt, en la cresta de la gloria, quien se construye una mansión en un fuerte abandonado de Belle-Île, “allí en donde el viento sopla más fuerte, en un lugar especialmente inaccesible, especialmente inhabitable, especialmente inconfortable”… Un amor a primera vista. Allí se construye una mansión donde pasará todos los veranos de su vida. A falta de nevera manda construir un pequeño dique entre las rocas, bajo su casa, donde nadan los peces destinados al mantel. Con el faro des Poulains en el extremo, es de veras admirable la aridez de este lugar, tan fantasmagórico bajo la deslumbrante luz de la mañana como un viejo ksar difuminado en el calor del desierto. Pero el viento trae la sal y el frescor del mar donde se deslizan rápidos los veleros y las aves marinas. Pura costa atlántica.

La típica casa belliloise, de tan simple casi una abstracción de casa, con dos chimeneas -una propiamente tal y la otra para resguardarla del viento- y con 45º de pendiente obligatoria en el tejado, da buena cuenta de las inclemencias que pueden azotar la isla. No hay otros, sin embargo, como sus cielos transparentes de mediados de febrero.

Pont-Aven queda al fondo de una ría de 6 kilómetros hasta el mar. Antaño se decía de ella: “Pont-Aven, ville de grand renom/ 14 moulins, 15 maisons” (ciudad de gran renombre, 14 molinos, 15 casas). El impetuoso rio Aven corre entre los bloques de granito que invaden su cauce con el ímpetu de un torrente de montaña, y esa fuerza se emplea para hacer girar las gigantescas ruedas de los molinos. El puerto se halla en pleno apogeo: barcos de Nantes y Burdeos traen sal y vino y se llevan granito, cereales y patatas, y el pueblo cuenta ya con varios hoteles donde se alojan los marinos que deben aguardar la pleamar. Ahí es donde llegan los primeros artistas el verano de 1866; se trata de estudiantes de arte de Filadelfia atraídos por un pionero, su paisano Robert Wylie.
Luego irán llegando los estudiantes de París en busca del recién descubierto exotismo bretón. Además sale a buen precio. “Vengan y podrán encontrar alojamiento y comida baratos”, se cuenta en la Escuela de Bellas Artes de París. Los artistas con posibles –mayormente los americanos- y los turistas, se quedan en el Hotel Central. Los estudiantes pobres o los pintores visionarios como el propio Gauguin -que a la sazón contaba 38 años, había dejado su empleo como agente de bolsa y era padre de cinco hijos-, se alojan en la pensión Gloanec. Ni que decir tiene que ambos establecimientos están convertidos hoy en celebridades.

Los cuadros que se guardan en el museo de la hermosa ciudad de Quimper, a falta de los que cuelgan en tantos museos de todo el mundo, muestran a esa Bretaña ‘exótica’: pueblerinas con cofias blancas a modo de peineta, recios pescadores, aguas embravecidas, bosques de colores revueltos. Y la iglesia adonde acuden los paisanos con traje bretón, mucho más cubriente que el de las tahitianas de Gauguin, pero también exótico.
Hoy se le llama el Bosque del Amor al hermoso paseo que bordea el río entre árboles donde solían plantar el caballete; hay un recorrido más largo por el sendero que sigue la ría hasta el mar; merece la pena si se dispone de las dos horas y media que precisa. Por lo demás, la ciudad vive de su monumental pasado artístico; todo es arte en Pont-Aven.

Y lo que no es arte son las sardinas en lata: los bancos de sardinas arribaron a estas costas en el siglo XVII, al fin de la pequeña edad del hielo, pero con el invento de la lata de conserva a mediados del XIX se inicia un boom económico en la región. Desde 1861 las sardinas francesas se exportan a las colonias inglesas, América y Australia; en 1880 existen 132 fábricas de conservas repartidas en los distintos pueblos de la costa, notablemente en Douarnenez, Concarneau, y los puertos del Pays Bigouden. Una época de prosperidad que tocará a su fin en 1902, cuando las sardinas no acudieron a la cita habitual dejando a unas cien mil personas en la miseria. De hecho, ya no regresaron; en la actualidad se enlatan preferentemente langostinos, vieiras, bonito, caballa y arenques.

Aunque Bretaña tiene un departamento llamado Finistère, fin del mundo, en bretón se le llama Penn ar Bed: “el comienzo del mundo”. En esa punta del extremo norte de Francia abocada al Atlántico, y donde se levantan algunos de los más espectaculares faros de Francia- famosas las fotos del oleaje que se traga el faro de La Jument- empieza y acaba un mundo que se ha mantenido bien suyo hasta comienzos del siglo XX.
Todavía quedan en pie algunos de los muchos dólmenes, túmulos y menhires que han ido desapareciendo. Ahí están el bretón y el arpa celta, atravesando los siglos. El nuevo y el viejo paisaje de la antigua Armorique. La península de Quiberon, playas kilométricas por un lado y una costa rocosa batida por los vientos y las corrientes de fondo al otro. El ‘Sendero de los aduaneros’, creado para vigilar el contrabando en tiempos de la Revolución Francesa y que hoy, restaurado, serpentea a lo largo de 200 kms de costa. Las minúsculas islas Glenan en torno a su ‘chambre’ de aguas turquesa, donde se halla la más famosa escuela de vela de toda Europa. Y una excelente gastronomía. Mantequilla salada y paté de pescado, bogavantes azules que salen rojos de la cazuela, nécoras, almejas, centollos, chirlas, bígaros y otros mariscos del embravecido océano, crêpes, galettes de trigo sarraceno, el kouign-amann de Douarnenez, sólo pasta de pan, mantequilla y azúcar, la sidra de la Cornuaille elaborada con las manzanas del país. Digamos, aunque no venga a cuento, que según los estudiosos de Rabelais el gigante Gargantúa podría ser bretón.

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Hotel de la Désirade
Relais du Silence et Hôtel de Charme en Bretagne. En el corazón de Belle-Île, este tranquilo hotel alberga seis pequeños chalets distribuidos en un amplio jardín. En su restaurante La Table de La Désirade, el joven chef Pacôme Epron propone una cocina de calidad a base de productos frescos de la región.
Le Petit Cosquet, Bangor
Tel: +33 297 31 70 70
www.hotel-la-desirade.com

Citadelle Vauban ‘Hôtel-Musée’
Instalado en la dieciochesca ciudadela que domina el puerto de Le Palais, el hotel cuenta con 67 habitaciones decoradas conforme a la grandiosidad del lugar. Su restaurante La table du governeur ofrece varios menús con distintas combinaciones.
La Citadelle
Le Palais, Belle-Île
Tel:+33 2 97 31 84 17
www.citadellevauban.com

La Maison des Glazicks
A 5 km de la playa y a 18 km de Douarnenez, cuenta con ocho habitaciones de cuidadosa decoración contemporánea. Un lugar con encanto, sin dudas. A destacar su restaurante L’Auberge des Glazicks, en manos del laureado chef Olivier Bellin.
7 Rue de la Plage, Plomodiern
Tel:+33 2 98 81 52 32
www.aubergedesglazick.com

Relais du Silence Manoir Hôtel Des Indes
En un edificio noble del S.XVIII que fuera residencia de un bretón enriquecido en ultramar, y rodeado de un gran parque, cuenta con 14 habitaciones con encanto inspiradas en las Indias Orientales. El restaurante ofrece un menú elaborado con productos del mercado, bajo reserva previa.
1 Allée de Prad ar C’hras, Quimper
Tel:+33 2 98 55 48 40
www.manoir-hoteldesindes.com

Manoir Moellien
Al fondo de la bahía de Douarnenez, una mansión de campo del S.XVII que cuenta con 18 habitaciones con terraza y un restaurante de sabores marineros.
Plonévez-Porzay (a 2 kms. De Quimper)
Tel. +33 2 98 92 50 40
www.manoirmoellien.fr

Hôtel de la Plage
A 25 kms de Quimper y a pie de playa, este hotel de la cadena Relais et Châteaux cuenta con hermosas habitaciones abiertas sobre el mar. Restaurante gastronómico bajo la batuta del chef Yoann Noël.
Sainte-Anne la Palud, Plonévez-Porzay
Tel:+33 2 98 92 50 12
www.plage.com

Comer

La Table de Breizh Café
Crêpes, galettes y más. La otra versión.
7 Quai Thomas, Cancale
Tel:+33 2 99 89 61 76
breizhcafe.com

Au Pied d’Cheval
Ostras a pie de puerto en el establecimiento de un linaje familiar.
10, Quai Gambetta, Cancale
Tel:+33 2 99 89 76 95

Le Moulin de Rosmadec
En un antiguo molino, restaurante gastronómico especializado en el bogavante a cargo del chef Franck Sébilleau.
Venelle de Rosmadec, Pont-Aven.
Tel:+33 2 98 06 00 22
www.moulinderosmadec.com

Restaurant Patrick Jeffroy
Con el mar en panorámica y en las habilidosas manos del laureado chef Jeffroy. L’Hôtel de Carantec.
20, rue du Kélenn, Carantec
Tel : +33 2 98 67 00 47
www.hoteldecarantec.com

Ar Men Du
El chef Patrick Le Guen hace los honores en el restaurante de este boutique hotel emplazado en un paraje protegido del sur de Bretaña.
Raguenez Plage, Névez
Tel:+33 2 98 06 84 22
www.men-du.com

L’Ambroisie
Versión de la cocina bretona, sana y a base de productos locales a manos del Chef Gilbert Guyon.
49 Rue Élie Fréron, Quimper
Tel: +33 2 98 95 00 02
www.ambroisie-quimper.com

Turismo de Bretaña - www.vacaciones-bretana.com
Hay disponible una aplicación para iPad del Oeste
de Francia en iTunes.