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¡Basta ya! Los testimonios positivos de mujeres que han sido víctimas de violencia de género

por Redacción enfemenino Publicado en 4 de octubre de 2016
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Muchas son las mujeres que hoy en día sufren violencia de género. No solo los malos tratos físicos son un hecho sino que en ocasiones es más difícil darse cuenta de los psicológicos. Aquí tenemos unos testimonios reconfortantes para animar a todas aquellas mujeres que estén pasando por una situación similar a hablar, seguir adelante y ser por fin felices.

En España, la violencia de género es una de las realidades sociales más duras. A pesar de todos los avances en la lucha por la igualdad de género, especialmente en el ámbito laboral y económico, los casos de abusos y malos tratos, psicológicos, verbales y físicos, de muchos hombres hacia sus parejas sigue siendo muy elevado. Pero los casos que llegan a nuestros oídos no son más que "la punta del iceberg", tal y como explican desde la asociación Mujeres Unidas contra el Maltrato (MUM). Y es que son muchas las mujeres que experimentan cada día la violencia desde otras perspectivas.

Hemos hablado con la Presidenta de la asociación MUM, quien nos ha puesto en contacto con algunas mujeres que han sido víctimas de malos tratos y que hoy son dueñas de sus vidas. Sus testimonios son todo un ejemplo de fuerza, voluntad y valentía y la prueba feaciente de que salir de estas situaciones es difícil pero, sin duda, se puede.

Todas ellas han coincidido en que en estos casos las ataduras emocionales son increíblemente poderosas, capaces de vendar los ojos hasta a la mujer más fuerte. Además, todas consideran que la independencia y solvencia económica, así como la estabilidad laboral son fundamentales para poder dar el gran paso del abandono.
La mayoría de estas mujeres han preferido no mostrar sus rostros por cuestiones obvias, a excepción de Marisa Fernández, quien ha querido gritarle al mundo que hoy es una mujer alegre y nueva. Conoce su testimonio y el de otras mujeres como ella.

Marisa Fernández, "una mujer nueva"

Marisa se considera una mujer fuerte y con personalidad y ha sido víctima de malos tratos durante más de una década. Hoy, es una mujer "feliz". De su relación asegura que "al principio era muy intensa porque los dos éramos muy pasionales, nos lo pasábamos muy bien y nos queríamos mucho". Con el tiempo todo fue cambiando y las cosas empezaron a ir de mal en peor. "Fue transformándose, pero me mantenía enganchada y absorbida, quizá por el recuerdo de aquellos primeros años". Pese a todo, reconoce que no era consciente de que estaba siendo víctima de malos tratos psicológicos. "Relativicé sus ataques de celos, su agresividad... Y ‘justificaba’ con cualquier argumento sus desprecios, sus ataques verbales, sus faltas de respeto... Lo que hoy llamo sus castigos emocionales".

Cuando empezaron los desprecios y los malos tratos psicológicos empecé a ir a una psicóloga, pero no porque me sintiera maltratada, entonces no me daba cuenta, sino porque me sentía vacía, triste, sola... Tras años de tratamiento y de leer mucho sobre autoayuda, empecé a identificarme con lo que leía, veía o escuchaba en los medios sobre violencia de género y me reconocí como una víctima de maltrato". Un día, "me empujó y me tiró al suelo mientras me tachaba de incompetente y profería otros insultos". En ese momento, sus sospechas quedaron definitivamente confirmadas.
Marisa asegura que, independientemente de lo que piensen los que lo ven desde fuera, "en mi opinión y por mi experiencia, cuando no hay agresiones físicas es muy difícil reconocer el maltrato, pero existe". Pese a todo lo vivido, "soy una mujer muy alegre, serena y equilibrada. Una mujer nueva, totalmente distinta a aquella que fui. He recuperado mi dignidad y mi autoestima y se me ha olvidado lo que es llorar. Ahora, mi vida es mía". Y lo más importante para Marisa es que "mi hija está contenta, feliz y muy cerca de mí. Dice que le gusta mucho la madre que tiene ahora, más que la de hace dos años. Y es que si tú no estás bien contigo misma, nada a tu alrededor funciona bien".

María, "esos 4 años fueron como 40"

María ha sido víctima de violencia doméstica durante 4 años aunque, según sus propias palabras, "es como si hubiesen sido 40". En su caso, los dos eran mayores y tenían niños de parejas anteriores, por lo que enseguida decidieron comprarse una casa juntos. "Tenía sus cosillas, pero como siempre que empiezas a conocer a alguien". El problema llegó cuando comenzaron todas las discusiones y las agresiones verbales y físicas. "No eres consciente de nada. Un día, de pronto, te ves con un cuchillo en la mano porque él ha cogido otro... Yo estaba en una burbuja incapaz de reaccionar". Un día, su cuerpo y su mente dijeron basta.

Nuestra última pelea, que fue bastante grave, hizo que me decidiera a marcharme. Fui al hospital, denuncié los golpes y tuve un juicio rápido en el que impusieron una orden de alejamiento". Sin embargo, la ley no fue suficiente. Él se saltó varias veces la orden y aún así le redujeron el tiempo de tres años a uno.
María se fue a vivir a casa de una conocida de su pueblo, que la acogió con los brazos abiertos y la ayudó en todo lo que pudo. "Era chilena y había pasado por algo similar en su país. Ella se dio cuenta de lo que me estaba pasando antes que nadie". Entre las cosas más difíciles a la hora de salir, está el decírselo a la familia. "Es muy duro... No siempre te creen". Es el caso de su hermano mayor, quien no la creyó cuando confesó haber sido víctima de malos tratos. Otro de los traspiés con los que María se encontró por el camino fue la parte económica. Ambos tenían una cuenta conjunta pero cuando decidió separarse, "tardaron un año en separarnos las cuentas y él me robo lo poco que había ahorrado". Y es que "el tema económico es muy importante a la hora de salir de ahí", incide.

Ahora reconoce que le ha cambiado el carácter, es algo más susceptible. Además, "no me siento bien en sitios donde hay mucha gente o cuando alguien grita, incluso aunque no sea a mí... Y no soporto discutir". Pese a todo, su mensaje es esperanzador: "es muy difícil salir y seguir adelante. Hay que tener claro que lleva tiempo, pero que merece la pena".

Carmen, "no somos víctimas sino supervivientes"

Cuando su hija pequeña tenía 4 años y el mayor 12 se fue a vivir con otro hombre. Estuvo 11 años con él. A lo largo de ese tiempo llegó a abandonarle hasta siete veces por cuestiones de violencia de género. Sin embargo, no logró romper lazos definitivamente y seguir adelante hasta hace 5 años. Hoy, lejos de todo aquello, a Carmen le gusta recordar que: "No somos víctimas, sino supervivientes".

Cuando empecé con él teníamos una relación normal. Es cierto que era un poco celoso, pero poco a poco el celo fue in crescendo hasta llegar al 'no te pongas esa falda o ese top', y fue cerrando progresivamente nuestro círculo de amigos".

Carmen es consciente de que tardó demasiado tiempo en salir definitivamente, pero explica que "hay una dependencia emocional enorme". Además, "inconscientemente te culpabilizas y poco a poco llega el miedo". Se refiere, por un lado, al miedo a lo que él será capaz de hacer si le abandona, pero no sólo a ese: "Desde dentro tenemos miedo a que no nos crean, a que no nos entiendan". Cada mujer tiene su punto de inflexión en un lugar diferente. Para Carmen, fue Lucía: "Mi hija tuvo varias depresiones e inicios de anorexia... Y esa fue la gota que colmó el vaso. Un día, tras una pelea, cogí unas bolsas de basura con algo de ropa y me fui con ella". Una niña que, a pesar de haber pasado su infancia en convivencia con los malos tratos, hoy es toda una mujer.

"Que traten así a tu madre no te gusta, pero cuando eres niño crees que lo que ves en casa es normal". Pese a todo, Lucía sabía que algo no iba bien pero tardó mucho tiempo en ser verdaderamente consciente de cuál era la situación. "Tuve varias depresiones y empecé con algo de anorexia. Mi cuerpo necesitaba llamar la atención, que alguien lo escuchara, pero yo no lo sabía".

a los 2 años reconoce que "me empecé a dar cuenta de lo que estaba pasando en el momento en el que simplemente quería estar en cualquier sitio menos en mi casa". Hasta el punto en que sus estancias en los campamentos de verano se convirtieron en el momento más feliz del año. "Socialmente no sabía desenvolverme porque siempre estaba encerrada en casa". Por eso, una vez que se fueron, el cambio para Lucía fue enorme. "Pasé de no poder expresarme con libertad ni salir de casa a poder quedar con mis amigos".

Si bien las cosas han mejorado desde entonces, sigue yendo a terapia y confiesa que "he sufrido más desde que salí de allí, porque he empezado a razonarlo todo y a ser plenamente consciente de lo que sufrí". Pese a todo lo vivido, mantiene desde hace años una relación de pareja sana, estable y asegura: "En cuanto veo algo que no me gusta, lo digo. Desde luego, tengo muy claro que a mí no me va a pasar".


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