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Las paredes hablan

por Redacción Joyce Creado en 30 de marzo de 2015

Antes de que el fenómeno graffiti invadiese nuestras ciudades, Blek Le Rat ya existía. Treinta años más tarde sigue siendo fuente de inspiración para artistas del mundo entero.

​Actor omnipresente en la escena del arte urbano internacional, Blek Le Rat lleva varias décadas deleitando a los peatones de París, Nueva York, Barcelona, Buenos Aires, Londres, Taipei, Nápoles o Berlín. Su trascendencia es tan grande en el mundo del graffiti que incluso el gran Bansky no duda en rendirle pleitesía: "cada vez que creo que he pintado algo ligeramente original, me doy cuenta de que Blek Le Rat lo hizo mejor sólo veinte años antes."

Blek Le Rat © Joyce

Treinta años a hurtadillas, con ojos en la nuca y manos cubiertas de pintura... A través de sus ratas, soldados y otra iconografía política y social, Blek le Rat nos muestra que existe, también, una forma muy noble de pintar sobre el muro.

Antes de que el fenómeno graffiti invadiese nuestras ciudades, Blek Le Rat ya existía. Antes de que las patrullas nocturnas persiguiesen a golpe de linterna a los artistas urbanos, antes de que los condenasen, los desmoralizasen, e incluso antes de que este ejército apuntara con bocas de pintura al muro inagotable, Blek Le Rat ya preparaba su plan maestro. Como un flautista de Hamelin posmoderno, la década de los ochenta le sirvió, a golpe de pochoir, para levantar una turba de jóvenes ratas que como él, deseaban gritar que existían, que soñaban, que tenían miedo. Y todo ello en el muro. Blek Le Rat fue y sigue siendo hoy, treinta años más tarde, fuente de inspiración para artistas del mundo entero, desde JayBadbc hasta Oseas Duarte, Shepard Fairey o el archiconocido Bansky. Genios cuyos trabajos son, muy a menudo, auténticos homenajes a la iconografía del ‘maestro Le Rat’

En 1981 intentó usted invadir París con sus imágenes de ratas. ¿Por qué?
La rata es el único animal libre de la ciudad, y los subterráneos de París están habitados por millones de ellas. Es un animal que infunde miedo, ya que trajo la peste en la Edad Media y la extendió... A través de mis ratas, yo quería anunciarle a la gente que el graffiti iba a proliferar en todo el mundo como la peste.

¿De dónde viene el nombre Blek le Rat?
‘Blek the Rock’ era un cómic italiano de los años 50-60, la historia de un americano que se defendía de la invasión del ejército británico durante la Boston Tea Party. Era un cómic que intercambiábamos en los recreos, y una especie de referencia con la que yo trataba de comunicarme directamente con la gente de mi edad. Cambié ‘rock’ por ‘rat’ por mis dibujos de las calles, y también porque descubrí que en la palabra ‘rat’ (rata) se esconde también ‘art’ (arte).

¿Cuándo nació su pasión por el arte de la calle?
La primera vez que vi graffitis fue en 1971, en Nueva York. Pasaba allí mis vacaciones de verano con un amigo americano. Al verlos me llamaron mucho la atención: no entendía su significado. Estaban en la calle, en el metro... Recuerdo haberle preguntado a Larry por qué la gente hacía eso. Tampoco lo sabía. Él dijo que había hombres y mujeres locos de remate. Incluso él, que estudiaba arte, no lo entendía. Algunos de esos graffitis lucían una corona sobre la firma. Yo pensé, incrédulo, que se trataba de gente de la aristocracia. En esa época yo hacía estudios de pintura y arquitectura. Durante 10 años le di vueltas al graffiti, hasta que uno de mis proyectos se basó en una zona de edificios en la que algunos niños robaban pinturas y pintaba las paredes con ellas. Eso me dio la idea.

David Hockney tuvo también algo que ver, creo.
Es cierto. En 1973 vi la película A Bigger Splash, en la que él pinta en la pared de un apartamento de Londres una silueta de un hombre fumando un cigarro. Yo en esa época estaba muy interesado por el arte, y al ver esa manera de pintar, sin pasar por un lienzo o algún otro soporte, directamente sobre la pared, me pareció genial.

¿De dónde rescató la idea del pochoir (plantilla)?
En unas vacaciones en Italia, siendo niño, vi sobre las paredes de la ciudad de Pádova un vestigio de retrato de Mussolini. Lo habían hecho fascistas italianos durante la Segunda Guerra Mundial y no lo habían borrado. Ellos hacían su propaganda con esta técnica de plantillas. Años más tarde, cuando quise alejarme todo lo posible del enfoque neoyorquino de graffiti, este fue mi recurso más natural.

¿Revela el arte de la calle un ansia de reconocimiento, de abandonar el anonimato por parte del artista?
Absolutamente. Yo ahora tengo 59 años, y empecé a los 30. Entonces quería ser una rock star. Cuando vives en la ciudad, entre millones de personas y nadie te mira, nadie te habla, nadie sabe quién eres, es extremadamente duro. Cada una de mis obras se convirtió en una forma de decir ‘existo’.

¿Qué relación tiene con los personajes que crea?
Son todos proyecciones de mí mismo. He llegado incluso a decir que soy su director general, y que ellos salen cada mañana a trabajar para mí. Algunos han sido mis maestros, mis padres espirituales, como Joseph Beuys, Tom Waits, Andy Warhol... Otros forman parte de protestas sociales o tienen fines estéticos.

¿Piensa usted que el graffiti de cada ciudad dice mucho sobre la sociedad que la habita?
Sí, completamente. Desde los tiempos de Pompeya, la época romana... incluso en las pinturas del hombre de las cavernas. Recuerdo haber venido a España en la época de Franco y leer en todas partes: Beber es precioso. Eran los años 60 y ese mensaje se repetía continuamente, en las calles, en la montaña, encima de las rocas. Seguramente era el reflejo de algo (se ríe).

¿Ha tenido usted, a lo largo de su carrera, algún problema con la policía?
Sí. En 1991 me detuvieron y condenaron por acto de vandalismo. Eso me hizo cambiar mi forma de trabajar, y abandoné el ‘pochoir’, que no podía borrarse, por los carteles (en los que está impresa, previamente, la imagen del ‘pochoir’). De este modo, resultaba sencillo, si la policía me sorprendía de nuevo, simplemente arrancaría el cartel y marcharme.

Es usted un gran exponente del arte democrático.
Sí. De joven me encantaba visitar galerías, pero me molestaba profundamente que sólo una élite pudiese acceder al arte. Con 25 o 30 años pensé que era inaceptable. El arte es un placer como la música, el cine, la lectura. Pero sólo unos pocos podían acceder a él. Exponer en la calle, que es el mayor museo del mundo, fue mi pequeño gesto de democratización.

¿Cómo financió y financia su actividad?
Durante 20 años no gané nada. Antes había sido profesor, pero al casarme con mi mujer -también profesora- yo abandoné el trabajo y ella pagó las facturas. Hoy mi trabajo está considerado de otra forma, expongo en galerías y me pagan por pintar en las calles de algunas ciudades.

Hace años acusó a la mayoría de artistas urbanos de utilizar el graffiti para acceder a las galerías.
Es cierto. Eso era al principio. Yo no entendía que ellos utilizasen la misma vía que yo sólo por dinero. El arte, para mí, siempre ha tratado sobre mostrarse al público. En una galería te ven 40 personas, en un museo 60, en la calle cientos de miles. Hoy, treinta años más tarde, coincido en que hay que guardar la memoria del arte de la calle, hay que documentarlo, porque es un arte efímero, y el único lugar para rendir culto a esa memoria es un museo, una galería.

Háblenos del proyecto sobre Florence Aubenas, esa periodista secuestrada en Irak y que usted homenajeó con sus carteles.
Había sido secuestrada y yo consideraba que no se hablaba demasiado sobre ella en los medios de comunicación. Pensé que había que hacer algo, así que intenté motivar a la gente para que Florence Aubenas no cayese en el olvido. Durante meses me dediqué a pegar su imagen en las paredes aledañas a los medios de comunicación para motivar a los periodistas. Uno o dos meses más tarde ellos se interesaron por mí y mostraron mi obra sobre ella... y esos cientos de miles de personas que la veían diariamente se convirtieron en millones. Meses más tarde, cuando Florence Aubenas fue liberada, iba caminando por París y de golpe, en una pared, vio algo familiar. Se acercó, miró de frente, y allí estaba su imagen, devolviéndole la mirada.

¿Cuál es el objetivo de su trabajo?
Atraer la mirada, conmover, tener un diálogo con la gente... Me encanta cuando alguien suma algo a mi cartel, cuando alguien escribe, cuando la historia crece. Aún así, es demasiado efímero: a veces mis obras duran una semana antes de que las retiren, otras veces horas.

¿Cuándo trabaja?
Por la noche, de once de la noche a tres de la mañana. En lugares como Nueva York todo mi trabajo es legal, a lo mejor me estoy volviendo paranoico. En París sigo haciendo trabajo ilegal, porque conozco muy bien la ciudad.

Estamos de acuerdo en que hay graffiti muy hermoso, pero, ¿qué piensa usted del mal graffiti?
Pienso que hay que respetarlo. Aunque sea poco estético, aunque sea feo, es muy interesante que alguien de 14 o 15 años, e incluso mayor, quiera gritar su infortunio, su pasión, su desesperación... Hay que escucharles, nunca condenarles.

Bansky confesó que cada vez que crea algo original descubre que Blek le Rat ya lo había hecho con veinte años de antelación. ¿Se siente un adelantado a su tiempo?
Completamente. Cuando tienes algo nuevo que decir en arte o literatura tardas mucho en conseguir que la gente lo entienda. El reconocimiento tarda muchas generaciones en llegar. En una ocasión, en el este de Londres, un hombre con chaqueta de rayas y corbata se me quedó mirando fijamente mientras terminaba de pegar una de mis ovejas. Perdona, me dijo, ¿eres Bansky?

¿En qué lugares míticos ha dejado sus obras?
En el Checkpoint Charly de Berlín, en Nueva York, en la ciudad romana de Volubilis, en Marruecos. Me encantarían lugares como la muralla china o las pirámides de Egipto.

¿No tendría la impresión de destruir lo antiguo?
Para nada. En las paredes de Volubilis, por ejemplo, pegué la obra con celo, con mucho cuidado, asegurándome de no causar el más mínimo daño.

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