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San Petersburgo: la antigua capital de los zares

por Redacción Joyce Creado en 7 de mayo de 2015

Todos los esplendores de la santa Rusia, los caprichos de los zares y las zarinas, la mezcla más romántica de sacro y profano, de Pushkin y Gogol.

En el centro de San Petersburgo siempre hay gente en la calle; ya pasa de medianoche y hay que ver qué movimiento en la Plaza de las Artes. Un empleado limpia un expositor de anuncios, una señora cruza precedida por su pequeño perro, un hombre aprieta el paso, unas chicas regresan al hotel y todavía hay alguien más al fondo que no alcanzo a ver desde mi ventana. Al parecer, la llovizna fina y dispersa no molesta a nadie. Y si la calle no lo permite, el ir y venir de visitantes, el tráfago del samovar y la cadencia de las conversaciones se prosiguen en la salita de estar, como en las novelas de los autores rusos. Un clima húmedo y caprichoso, con acusadas diferencias. A las noches blancas del verano subpolar, esos días sin apenas oscuridad de finales de junio, le siguen los días blancos de nieve. Montones de nieve blanca y reconfortante que brilla bajo el sol con la promesa de la leña y la sopa caliente, pero menos prometedora si no hay sol, y sobre todo muy, muy fría. Nada que pueda hacer retroceder a un buen viajero.

El Grand Hotel Europe ofrece estancias ad hoc para disfrutar de ese invierno ruso que derrotó a Napoleón y a Hitler, y se comprende, una vez dentro, que el problema del enemigo era precisamente estar “fuera”. Dentro del Europe, como en una confortable mansión de época, uno disfruta tanto del invierno que se le puede hacer corto. Y eso que suele estar bien entrado mayo cuando los cascotes de hielo del lago Ladoga flotando sobre el Neva, camino del mar, anuncian la llegada de la primavera. Los largos oficios de la iglesia ortodoxa no permiten sentarse; hay que permanecer de pie, arrodillado, o de bruces, como ese hombre que se ha echado arrojado al suelo de piedra en San Nicolás de los Marinos, la gran iglesia del pueblo. La iglesia mantuvo las puertas abiertas bajo el régimen comunista; Serguei, mi chófer, recuerda cuando de niño le llevaba allí su abuela y los mayores le daban manzanas y galletas.

Detrás de ella se encuentra el edificio bajo, rodeado de columnas y absolutamente abandonado del mercado de esclavos. Sorprende pensar que a mitad del XIX funcionara semejante institución en una capital concebida a imagen y semejanza de sus pares europeas. Así fueron las cosas. Por la aletargada Rusia de los Romanov corría mucha sangre oriental. Sangre y oro, para ser más exactos, lujo oriental y una brutalidad sin mácula: el mundo de los Romanov. El historial de los zares y emperatrices que ciñeron la corona desde Pedro el Grande abunda en ambos elementos, y lapislázuli y la malaquita, esa de la gentil princesita, con las que se construían las columnas de sus catedrales. Con un penchant para el paisajismo: Catalina II plantó un árbol en el jardín del palacio de Peterhof el día en que murió su marido por propio encargo.

Mucho antes de ese día en que plantaron a las zarinas ante el pelotón de fusilamiento las joyas imperiales escondidas en el corsé, el zar Alejandro II cayó víctima de un atentado frente a una puerta de la iglesia del Salvador de la Sangre Derramada. El gran príncipe Michael, nieto de Catalina II, sólo duró vivo 40 días en el palacio Mikhailovsky; el hijo mayor de Pedro el Grande fue víctima de su padre, Iván VI de su tía, Pablo I de su hijo y así sucesivamente. Hoy los guías pastorean a los grupos de turistas de canal en canal, de palacio en palacio y de catedral en catedral y todo eso es sólo motivo para el disfrute. Valga decir que, con un centro de dimensiones relativamente comprensibles, San Petersburgo es una de estas ciudades que merece la pena visitar a pie y con tiempo, incluso al albur, parándose a observar sus fachadas y a husmear en sus rincones. Toda vez que Estocolmo se visita siguiendo las pautas de Stieg Larsson, aquí se ha puesto de moda el recorrido Dostoievski, siempre al borde de los bajos fondos, en lo que hoy se conoce como Colomna.

La plaza Sennaia (del Heno), hoy una céntrica parada de metro, puntos del canal Griboiedov o el Fontanka y una sucesión de calles largas y un tanto monótonas con esos condominios de las clases populares en cuyo patio de entrada se cocían los chismes en Crimen y Castigo. Coincido con días grises, pero todo el mundo me conforta de la misma manera: “así verá a San Petersburgo tal como es. Aquí el sol es un milagro”. “A veces la gente se pone seria”, me cuenta un conocido, “especialmente la gente mayor. Quizás es el clima, la oscuridad”. “La vida es dura”, añade. “Mi suegro es un militar jubilado de 70 años y trabaja, mi suegra trabaja, las guardianas de los museos son señoras jubiladas”… “Llevamos tres generaciones sin heredar”, concluye, juntando viejos y nuevos males.

Los semáforos están armados como tanques para resistir temperaturas extremas y brillar tanto en la niebla invernal como de día o de noche. Catalina II pagaba fortunas por ello. Hablamos de esa Europa anterior a la Primera Guerra Mundial donde uno podía desplazarse de una punta a otra sin obstáculos, unida por una red de ciudades muy cosmopolitas: Ginebra, Bruselas, Amsterdam, Zurich, Londres, París. San Petersburgo nació mirando a Europa y ese es el nombre del emblemático hotel de la avenida Newsky, donde me alojo. Todo tipo de ilustres personajes lo han hecho antes que yo; de hecho mi suite es la que ocupaba Armani cuando pasó por la ciudad. Y… ¡qué cama más maravillosa! Hay colchones que son de otro mundo. El periódico llega algo después del desayuno, recién salido de la impresora del hotel. En el Grand Hotel Europe no se repara en gastos. ¡Qué mesas de desayuno! Champán, café y veinticinco clases de té, huevos fritos, estrellados, pochés o en tortilla, hongos italianos, setas de los Urales, ahumados, embutidos, hojaldres y empanadas, dulces, nata, fruta fresca… Como cada mañana a la hora del desayuno y cada noche a la hora de la cena, Ícaro cae de nuevo al mar desde la imponente cristalera modernista del restaurante. Yo me inclino por una cena en el Caviar Bar, una exquisitez del hotel. Caviar del Caspio con frío, delicioso, burbujeante champán en la protectora oscuridad de esta sala Art Nouveau donde una pareja de franceses unta blinis con Beluga mientras se relamen a cuenta de algún buen negocio. Y yo me pregunto qué habrán vendido, o comprado, mientras despacho mis propios blinis y digo “no, gracias” a la tercera copa de champán porque me espera el coche para llevarme al teatro Mariinsky, además llueve y puede haber atasco. Llego tarde, efectivamente, y el vestíbulo del teatro muestra el aspecto más doméstico, más humano de la ciudad. Mamás y niñas con disfraz de princesa o faldita de frufrú llegan con las mejillas sonrojadas por las prisas, el chófer, paraguas en mano, se debate para conseguirme la entrada que he olvidado en la habitación, la platea rebosa de familias, melómanos, aficionados y turistas, todos acicalados mal que bien para la ocasión, a la espera de que se levante el telón para asistir a la función del Cascanueces. Un clásico en la ciudad.

Grand Hotel Europe

El hotel más clásico, suntuoso y elegante de San Petersburgo, todo un icono de la ciudad. Abrió sus puertas en 1875 y fue completamente renovado en los noventa, conservando su esencia. Reúne todos y cada uno de los requisitos para el huésped más exigente. Una experiencia en sí mismo.
1/7 Mikhailovskaya ulitsa, junto a la Avenida Nevsky
Tel: 812/329-6000
Visita su web aquí

Dónde comer

L’Europe. El elegante restaurante del Grand Hotel Europe, bajo su famosa vidriera modernista. Cocina rusa y continental que incluye antiguas recetas reales. Los domingos, brunch a base de champán y caviar para gente à la page . Un clásico de la ciudad. 1/7 Mikhailovskaya ul., junto a la Avenida Newsky. Tlf: 812/329-6630.


Becha. Situado en la plaza de las Caballerizas, en un edificio edificado por Alejandro II en 1864, este confortable espacio de madera clara y bóvedas rusas invita a una comida relajada. Muy trendy, cuenta con un año de vida.
Konyushennaya, 2. Tlf: 8.921.959.40.20


Dvoryanskoye Gnezdo. Situado en el pabellón del jardín del palacio Yusupof, su decoración guarda los gustos de la antigua aristocracia rusa. La carta reúne recetas francesas con otras procedentes de la mesa de los Yusopov. Muy cercano al teatro Mariinsky, frecuentado por un público distinguido. 21 ul. Dekabristov, Admiralteisky. Tel: 812/3120911; 812/310-3205

Mechta Molokhovets. Refinado y con una cocina basada en las recetas de un libro del siglo diecinueve: ‘Un regalo para jóvenes amas de casa’. Ideal para degustar platos sabrosos.
23/10 Kovensky per., Vladimirskaya. Tlf: 812/929-2247.

Palkin. En el emplazamiento del antiguo restaurante de la familia Palkin, que abrió sus puertas en el siglo XVIII. Cocina creativa que investiga en el pasado, con excelentes platos de caza, pescado y marisco. Formal y elegante, trato exquisito y estupendas vistas sobre la avenida Nevsky. Frecuentado por la élite local. Muy céntrico. 47 Avenida Nevsky, esquina con la avenida Vladirmirsky. Tlf: 812/703-5371


Staraya Tamozhnya
. En el edifico de las antiguas aduanas, paredes de ladrillo y mesas inmaculadas. Platos exquisitamente preparados; el mejor restaurante de la ciudad durante mucho tiempo. 1 Tamozhenny per., Vasilievsky Island, St. Petersburg. Tlf. 812/327-8980

Taleon. En el opulento marco dieciochesco del Taleon Imperial Hotel, el Taleon ha sido considerado como uno de los mejores restaurantes de lujo de San Petersburgo. Apabullante decoración Luis XVI, ambiente exclusivo. Cocina clásica, rusa y europea, con excelente brunch dominical a base de caviar, langosta y champán, entre otros.
59 nab. Moika/ esquina con el 15 de la avenida Newsky. Tlf: 812/324-9911; 812/324-9944


The Idiot. El nombre le viene de la obra de Dostoievsky, que desde aquí recomendamos. Restaurante de culto para gentes de las artes y residentes extranjeros. Ambiente bohemio, decorado decimonónico, entre el anticuario y la chamarilería. Cocina rusa y vegetariana. Precios comprensibles. nab. reky Moiky 82.
Tlf: 812/3151675.

Za Stsenoi. El restaurante del Mariinsky, a dos pasos del teatro, en el canal Kryukova. Cocina francesa y rusa que incluye la caza y los ahumados. Una buena idea para cenar después de la función. 18/10 Teatralnaya Pl., Admiralteisky.Tlf: 812/327-0521

De compras

Los clásicos almacenes Gostiny Dvor, un edificio neoclásico de paredes anaranjadas en el 35 de la avenida Nevsky.

La Petite Opera Gallery, una de las más antiguas tiendas especializadas en arte ruso. Iconos originales y una meticulosa selección de cajas lacadas, entre otros, de gran calidad. Establecida en el Grand Hotel Europa. 1/7 Mikhailovskaya ulitsa.

Ananov. Pequeña y exclusive joyería en la línea del mítico Fabergé. Cumple todas las expectativas, al alcance de pocos bolsillos. 7, Michurinskaya Ulitsa.

Fábrica de porcelana Lomonosov. Casi tan vieja como San Petersburgo, la antigua fábrica imperial sigue realizando su delicada porcelana en azul y blanco. Muy interesante su museo y la visita guiada por sus instalaciones. 151 Obukhovsky Oborony Prospek.

Dom Knigi
. Este hermoso edificio Art Nouveau ha alojado durante décadas la mayor librería de la ciudad. Tras su reciente renovación, la librería ocupa el primer piso y el resto es una galería comercial.

Tatyana Parfionova
. La más prestigiosa diseñadora de moda de San Petersburgo. Su tienda, en el 51 de la avenida Newsky, es la única muestra de moda local entre las boutiques de grandes marcas de la famosa avenida.
Pryalka. Selección de ropa y objetos de regalos confeccionados artesanalmente y con productos naturales. . 1st Line, Vasilevsky Island.

Contacto

Por mar, ¡cómo no!, en un crucero que no es tal. El Transeuropa es un ferry de pasaje y mercancías de la compañía Finnlines que navega dos veces por semana desde el puerto alemán de Lübeck a San Petersburgo. Dos días por el Báltico, sin paradas. El capitán recibe al pasaje en el puente de mando. Su mayor lujo, la experiencia. Un placer: como andar por casa. Sólo para connaisseurs. Tlf. Finlandia +358 (0) 10 343 4500; Alemania +49 (0) 451 1507 443 www.finnlines.com

En tren de alta velocidad. El tren Allegro viaja entre San Petersburgo y Helsinki, 420 kms, en 4 horas a través de los bosques de la antigua Carelia. ¡Reservar siempre con anticipación! russiantrains.com

Regreso a casa en avión. Spanair tiene varios vuelos semanales a Helsinki desde Barcelona.

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